DE PELÍCULA

Cada año actualizo DE PELÍCULA, un texto sobre “Bolivia en el cine” que se alimenta de curiosas citas o referencias a un país que, en varios filmes extranjeros, aparece como una suerte de frontera con el “otro” mundo, (es posible), con el “más allá” (del bien y del mal). Esta vez no amplío mi texto sino que incluyo un acápite referido a un par de películas europeas –bosnia y noruega, para mayor rareza– y un aviso comercial, de corte estadounidense, of course.

En Tierra de nadie (No Man’s Land, Bosnia-Herzegovina 2001) es una comedia anti-bélica dirigida por Danis Tanovic que obtuvo el Oscar a la mejor película extranjera en 2001 y el premio a mejor guión en el Festival de Cannes. Dos soldados rivales, un bosnio y un serbio, están atrapados una trinchera que divide las líneas enemigas. Tierra de nadie, precisamente. Un tercer combatiente está tendido encima de una mina explosiva y si se levanta tendrán que recogerlo con cucharilla. El soldado serbio es un novato que intenta, reiteradamente pero sin éxito, asesinar al soldado bosnio, vestido con una polera con el típico sello de la lengua del Jagger de los Rolling Stones.

Critica de la película En tierra de nadie

Si algo tienen en común es su preocupación por las minas sembradas por el ejército invasor serbio y ese peligro acecha a lo largo de la trinchera.

Entonces, el bosnio le pregunta a su enemigo:

–“¿Dónde está el mapa?”.

La respuesta del novato soldado serbio es obvia y denota perplejidad:

–“¿Cuál mapa?”.

Y la respuesta del bosnio es tajante:

–“El de las minas pues, imbécil, no va a ser el mapa de Bolivia?”.

Así es. Bolivia nombrada como un significante de lo absurdo, aquello que denota la ininteligible. Tierra de nadie, referente de la “nada”, dadaísmo puro y simple teatro del absurdo. Bolivia, aquella frontera que  todos quieren cruzar para estar en el más acá y en el más allá. ¿Solamente en el cine?

Otro soldado aparece en Cacería implecable (Headhunter, Hodejegerne, Noruega 2011). Un thriller noruego dirigido por Morten Tyldum y que fue nominado a un par de premios del cine europeo. Cuenta la historia de un “cazatalentos” (headhunter) para grandes empresas que, en sus ratos libres, es un eximio ladrón de cuadros de colecciones privadas. Él es víctima de un macabro plan de robo y asesinato cuando se cruza en su camino un ex militar sueco que ofrece sus servicios como experto en comunicaciones y espionaje. Conversan, semidesnudos, después de un partido de raqueta. El ladrón/cazatalentos se sorprende al ver que la espalda de su contrincante está surcada de cicatrices y no resiste la pregunta:

–“¿Fue un accidente?”

–“No, fui militar. Formé parte de una unidad especializada en rastreo de desaparecidos y búsqueda de sospechosos”.

Essa respuesta no elimina la curiosidad, y el cazatalentos/ladrón reitera:

–“¿Y las cicatrices?”

La respuesta es lacónica. Como si una palabra fuera más que suficiente:

–“Bolivia”.

–“¿Fuiste torturado?”

–“No. Abandonado”.

Respuesta enigmática que no proporciona pista alguna. Seguramente por eso, el ladrón/cazatalentos se aventura a decir:

–“Suena como algo de película”.

Y la reacción del ex militar es contundente:

–“No, nada que ver con una película”.

Y cambia de tema.

Así es el asunto. Lo que sucede en Bolivia, cuando sucede, parece de película pero no tiene nada que ver con una película. Es peor. Es el abandono. Ser torturado es poca cosa a lado de terminar abandonado… en Bolivia!.

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Por cierto, el militar abandonado en Bolivia es Nikolaj Coster-Waldau, actor danés que hace un papel de cínico incestuoso en la famosa serie televisiva Juego de Tronos. Y los productores de esta película noruega son los de Millenium, la saga de La chica con el dragón tatuado, cuya versión norteamericana corresponde a David Fincher, también director de notables películas como El club de la Pelea (Fight Club) y Redes Sociales (The social network).

Menciono  a este personaje porque es el culpable de una indirecta alusión –valga la redundancia– a Bolivia en una pseudo campaña comercial cinéfila que se vincula con Soden Soderbergh, otro afamado (ex) director de cine que se enamoró del singani durante el rodaje de la película Che en Tarija y ahora es un empresario que batalla en el mercado global del licor como promotor del Singani 1963 de la firma Casa Real.

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David Fincher es el director de Perdida (Gone Girl, USA 2014), una película de misterio protagonizada por Ben Affleck, quien degusta del singani por varios minutos. Es difícil saber si se dedica a ese trago por escapismo o por mero placer, puesto que Affleck es un desempleado acorralado por múltiples problemas, a los cuales se suma la desaparición de su mujer. Como reseñó la prensa local: “el singani ganará mayor reconocimiento en el mercado mundial gracias a esta película”. Salud.

En la escena en cuestión, Ben Affelck parece decir, con su mano izquierda: “Quieres con limón o puro?”

A CONTINUACIÓN, INCLUYO LA VERSIÓN ANTERIOR (SI QUIEREN IMÁGENES BUSQUEN EN ESTE BLOG)

DE PELICULA

Tengo la mala costumbre de coleccionar fragmentos de películas extranjeras en las que se nombra a Bolivia como una alegoría acerca de lo recóndito, inverosímil y raro. En la producción cinematográfica internacional, Bolivia no es un ejemplo para imitar, más bien se trata de un sino que debe esquivarse. Casi un estigma. Esa curiosa percepción se manifiesta en varias películas.

La primera película que me provocó una sensación de Bolivia como frontera entre lo real y lo irreal fue Dos hombres y un destino (Butch Cassidy and the Sundance Kid, USA 1969), protagonizada por Robert Redford y Paul Neuman, que cuenta la historia de un célebre par de asaltantes de bancos que, a principios del siglo pasado, huyen del norte al sur de América y cuando descienden del tren y pisan estiércol, uno de ellos exclama: “Oh, shit, llegamos a Bolivia”. Esta película fue galardonada con varios premios Oscar, lo que no evitó que sea censurada por la dictadura del Gral. Bánzer en una mala muestra de nacionalismo retrógrada, porque esos bandoleros fueron abatidos por el ejército boliviano en una de las pocas victorias latinoamericanas contra los yankees en el cine western, spaghetti o no. Vi esa película en la ciudad de México en 1980 y desde entonces me intrigó ese tipo de alusiones a Bolivia. Mis amigos mexicanos hicieron sorna con las llamitas que aparecen entre los árboles y yo respondí con una estocada: los mexicanos siempre fueron derrotados en todas las películas de vaqueros que vi en mi infancia; en cambio, en la única batalla con pistolas entre gringos y altiplánicos, salimos victoriosos. Derrotamos a Butch Cassidy y Sundance Kid, no eran poca cosa.

Precisamente, Sin destino (Blackthorn, España 2011), dirigida por Mateo Gil y que obtuvo varios premios Goya, muestra otra versión de la historia de Butch Cassidy. El atracador sobrevive al ataque del ejército boliviano y se queda a vivir en un campamento minero. El gringo (ex)bandolero, con Sam Shepard en el papel de rudo vaquero que se transforma en un sosegado veterano, ayuda a los proletarios mineros bolivianos en su lucha contra un estafador español. Antes de ser capturado, el embustero ibérico decide fumar como si se tratara del último deseo de un condenado al cadalso, sin embargo el viento del altiplano andino apaga el fósforo antes de que pueda prender su cigarro. El forajido exclama: “Bolivia… dammit (maldita sea), esto es Bolivia”. Por cierto, se trata de un perdedor.

Bolivia es un país minero, conocido por la plata en la época colonial y el estaño en la segunda guerra mundial. También es un país con turbulencia política, por los coup d’etat y las revoluciones populares que marcan su historia. En los últimos años se destaca por las luchas campesinas e indígenas y la presidencia de Evo Morales, dirigente de los sindicatos de productores de hoja de coca. Un documental argentino realizado por Alejandro Landes, Cocalero (2007), retrata los avatares de su trayectoria política y la victoria electoral del MAS en diciembre de 2005. Fue estrenada en una asamblea de cocaleros en el Chapare y cuentan que Evo Morales le dijo en broma al director que si a sus bases no les gustaba la película, iban a tomarlo como rehén. Les gustó desde el momento que una aguerrida dirigente río a carcajadas al verse retratada en la pantalla.

No obstante, la política boliviana fue motivo de alusiones en varias películas como ejemplo de lo curioso  e indeseable. En Colores Primarios  (Primary Colors, USA 1998) dirigida por Mike Nichols, un estupendo John Travolta personifica a Bill Clinton cuya imagen está de capa caída en las encuestas debido a sus escándalos amorosos. El grupo de asesores olfatea una derrota electoral por los desaciertos del candidato demócrata. Para explicar el porqué de la magra campaña uno de los personajes vierte una reflexión cuasi antropológica: “Somos como un grupo de sobrevivientes de un accidente aéreo ocurrido en algún lugar de los Andes que encuentra una sociedad con una cultura exótica donde la única preocupación de la gente es la política”. La cita –hiriente, es cierto, y graciosa tampoco– está en la novela que inspira esta película y se refiere a Bolivia, of course. Ni más, ni menos.

En una película dirigida por Sidney Lumet, El precio del poder (Power, USA 1986), Richard Gere es un importante consultor político que asesora a un candidato republicano y quiere convencer a  su cliente que la única manera de dar un golpe de timón a su campaña es presentarse al electorado sin poses demagógicas. Su argumento es impecable y tiene respaldo empírico: “Es la única manera de recuperar la confianza de la gente en los políticos y evitar que se incremente la abstención, caso contrario, estaremos en la misma situación que Bolivia”. Tal cual. Y no interesa la inexactitud histórica puesto que la abstención no es costumbre boliviana, es suficiente señalar que la actual Constitución Política fue aprobada en 2009 mediante referendo popular con el 90% de votos. Esa inexactitud sirve para reafirmar esa curiosa imagen sobre Bolivia en el mundo del celuloide.

Algo análogo acontece en Un golpe maestro (The Score, USA 2001) de Frank Oz, una película inolvidable porque fue la última actuación de Marlon Brando. En esta ocasión es socio de Robert de Niro, un hampón retirado que debe ayudar  a su amigo a perpetrar el último robo de su vida. En una típica escena de desconfianza entre ladrones, Brando y de Niro discuten; entonces, uno de ellos afirma: “No podrás escapar de nosotros, ni siquiera ocultándote en Bolivia”. Así es la cosa, “en un rincón del olvido”, como diría el poeta Jaime Sáenz.

Similar desdén se manifiesta en Quiero matar a mi jefe (Horrible bosses, USA 2011), con Jennifer Aniston, Kevin Spacey y Colin Farrell. Un empleado ejemplar explica a su nuevo jefe -un malvado- que la empresa invierte cierta suma de dinero en el tratamiento ecológico de productos químicos como parte de su responsabilidad social y recibe como respuesta una orden de mal gusto: “Ese gasto es un dispendio, hay que mandar esos desechos a otro país; los bolivianos aceptarán esa basura tóxica por un tercio de esa suma y qué nos importa si unos cuantos indios se enferman”. Ese jefe, por suerte, es otro perdedor. Un cretino. Por eso quieren matarlo.

Otros actores famosos interpretan personajes que aluden a Bolivia con temáticas vinculadas al crimen y la violencia. Así acontece con Al Pacino que personifica al  histriónico Tony Montana en El precio del poder  (Scarface, USA 1983, de Brian de Palma) y que suelta una frase inquietante: “Yo siempre digo la verdad, incluso cuando miento digo la verdad” y hace tratos con el “rey de la cocaína” boliviano. O el caso de Nicolas Cage como Yuri Orlov, un ruso traficante de armas conocido como el Señor de la Guerra (Lord od War, USA 2005), que decide realizar una operación final y para ese cometido busca a su hermano Vitaly atrapado en el consumo de drogas y perdido en algún rincón del planeta. Lo encuentra en una casucha tropical cerca de La Paz adónde el mercenario ruso llega en… bus!

En El último golpe (Heist, USA y Canadá 2001), un thriller dirigido por David Mamet, un mafioso (Danny DeVito) contrata a un veterano ladrón de joyas (Gene Hackman) para que robe unos lingotes de oro. El ladrón arma su banda y cumple su faena.  En el camino, unos y otros traman engaños; y cuando Danny DeVito quiere sacar una confesión a uno de los traidores le amenaza: “Cuando empecemos a torturarte  te acordarás hasta del PIB de Bolivia”.

Esos gánster en nada se parecen al personaje pesimista e irónico que Woody Allen interpreta en su célebre Manhattan (USA 1979) y para conquistar a Diane Keaton sugiere que podrían adoptar un niño huérfano… boliviano!

Pero no todo es negativo. Bolivia también es referencia para algunas victorias, no obstante son eventos que ocurren de manera curiosa. Nada menos que James Bond, en Quantum of solace (USA 2008), visita el altiplano boliviano para  desarticular la conspiración de una entidad supuestamente ecologista que pretende controlar el reservorio de agua más grande del planeta en componenda con un militar corrupto. El agente 007 desarticula ese complot, salva el planeta y, también, a las comunidades indígenas; con la ayuda de una hermosa actriz ucraniana que parece una bailarina de las fiestas folklóricas dedicadas a la virgen de Urkupiña en Cochabamba. Y bien, Bolivia no solamente es escenario de aventuras cuando se trata de salvar al planeta, también cuando está en juego el mismísimo control del universo. Esa es la trama de Transformers (USA 2007), una cinta producida por Steven Spielberg que cuenta la lucha entre Autobots y Decepticons, unos guerreros alienígenas que aterrizan en el planeta Tierra. En la primera escena Sam Spike, el héroe que enfrentará a los  malvados Decepticons, compra un automóvil amarillo a un vendedor llamado Robert Bobby Bolivia, cuyo taller mecánico tiene ese exótico apellido. Ese automóvil es el salvador Autobot Bumblebee y en el taller Bolivia empieza la saga de los enfrentamientos intergalácticos que evitan la destrucción del universo y sus alrededores. Así de simple.

Como colofón, el ganador de un Oscar por Traffic (2000) y director de Che (2008) decidió retirarse de esas lides y dedicarse a promocionar una bebida tradicional que consumió cuando filmaba en Bolivia. “Estoy importando singani, un licor boliviano” declaró Steven Soderbergh, “o te da esa quemazón en la garganta que provocan la mayoría de los aguardientes… puedes beberlo como agua y, luego, eres invisible”. Es otro riesgo de acercarse a Bolivia. No obstante, la invisibilidad puede ser una transición a la felicidad, tal como les ocurre a los personajes de la novela de Bruno Morales: Grandeza boliviana (Eterna Cadencia Editora, Buenos Aires 2010).

Entonces, no es cuestión de acudir a la coartada del “lamento boliviano” popularizada por la canción de los Enanitos Verdes. Es mejor divertirse con la perplejidad de los cineastas foráneos que sitúan a Bolivia muy cerca de un agujero negro, esa “región finita” que absorbe todo y nada deja escapar. Por ese motivo no tiene sentido adoptar una pose de falsa indignación, es mejor reírse. Por eso, cuando veo esas películas extranjeras recuerdo una canción de Alfredo Domínguez en cuyas letras deambula el alma de un personaje que es rechazado por dios y por el diablo. Sin saber dónde caer muerto (literalmente) enfrenta sus avatares entonando una copla que es un homenaje a nuestro estilo (¿pluri?) nacional:

“Mejor me voy a Bolivia, que al mismo tiempo, es mi cielo, mi infierno y mi purgatorio”.

  

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6 pensamientos en “DE PELÍCULA

  1. Thais dice:

    Me encantó. Que buena idea hacer estos paralelismos analíticos. Con Venezuela pasa algo parecido pero casi siempre las expresiones que mencionan a Venezuela en el cine se refieren a corrupción. Venezuela fue mencionada hasta en una película de Woddy Allen pero creo que esa vez estuvo asociada a las guerrillas.

  2. omar dice:

    Muy bueno, puedes ver “Sangre por sangre” de Taylor Hackford y “Duro de Matar II” con B. Willis, ahí también podrás encontrar inspiraciones para tus artículos.

  3. Juan Manuel Rosales dice:

    Que buena investigación

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