Octubre de 2014: Estrategias electorales y tendencias políticas

 

 Artículo publicado en ANDAMIOS, Análisis y prospectiva política, Número 11, septiembre 2014

Revista del Proyecto de Fortalecimiento Democrático, PNUD

 

Cinco fuerzas políticas se inscribieron para los comicios generales de octubre de 2014. Cuatro partidos políticos y una coalición electoral: Movimiento al Socialismo-Instrumento por la Soberanía de los Pueblos (MAS), Partido Verde de Bolivia (PVB), Movimiento Sin Miedo (MSM) y Partido Demócrata Cristiano (PDC), además, el frente Unidad Demócrata, conformado por Unidad Nacional (UN) y Movimiento Democrático Social (MDS).

Se trata de la constelación partidista más concisa en el ciclo democrático iniciado en 1982. En las dos anteriores elecciones–2005 y 2009– el haz de participación tuvo ocho organizaciones políticas y la mitad obtuvieron escaños en la asamblea legislativa; en el año 2002 la cifra de participantes alcanzó a once fuerzas políticas y en todas las anteriores contiendas se inscribieron, por lo menos, una decena de candidaturas. Solamente una entidad política –MAS– mantiene su vigencia desde las elecciones de 2002, un aspecto que pone en evidencia la fisonomía de la representación política en la democracia boliviana que, desde hace casi una década, se caracteriza por la concentración del apoyo electoral y del poder político en el MAS.

Este rasgo de la democracia incide en las estrategias electorales del partido de gobierno y de las fuerzas que conforman el campo de la oposición puesto que el escenario político se configura a partir de la presencia dominante del MAS en el centro del espacio de discursividad política. El centro se concibe como un “lugar geométrico” respecto al cual los actores políticos se alinean en un eje imaginario que recorre de izquierda a derecha como polos opuestos en el escenario electoral. A la derecha del MAS se sitúan Unidad Demócrata y PDC, a su lado izquierdo se ubican MSM y PVB.  Esa posición centrista expresa la capacidad hegemónica del proyecto del MAS en el ejercicio del poder político como resultado de la adopción de decisiones moderadas en los dos ejes discursivos del proceso de cambio: nacionalismo e indigenismo, sobre los cuales las diversas fuerzas de oposición no exponen propuestas alternativas con capacidad de amplia convocatoria electoral.

El efecto político de la capacidad hegemónica del proyecto del MAS es el predominio de una tendencia centrípeta en el sistema de partidos como resultado de la conducta del oficialismo que optó por una construcción minimalista del Estado Plurinacional y, también, por la adaptación de los partidos de oposición parlamentaria al nuevo modelo estatal en la medida que, en los últimos años, orientaron sus críticas a aspectos de administración gubernamental y gestión pública, así  como a la concentración de poder en el partido de gobierno, dejando de lado posturas de rechazo tajante al Estado Plurinacional o a la nacionalización de los hidrocarburos. Obviamente la interacción y la  competencia partidista durante el proceso electoral pueden provocar desplazamientos discursivos y ajustes tácticos en las distintas fuerzas políticas con posibles consecuencias en la interpelación al electorado.

Cuando faltan dos meses para los comicios generales analizamos las estrategias electorales prestando atención a la composición de fuerzas sociales y políticas que se agrupan en el oficialismo y en el campo opositor. Asimismo realizamos una evaluación del intercambio político reflejado en las listas de candidatos a parlamentarios como un elemento complementario al mensaje implícito en la conformación de los binomios presidenciales. Nuestra indagación también ausculta las modificaciones en el espacio de discursividad política y sus efectos en las campañas electorales. A partir del balance del proceso electoral esbozamos las tendencias en la reconfiguración del sistema de partidos y sus consecuencias en el decurso de la democracia boliviana.

Las estrategias electorales corresponden, en términos generales, a los rasgos que presenta la tercera fase del proceso de cambio que vive el país desde la primera victoria electoral de Evo Morales. La primera fase transcurrió durante la primera gestión gubernamental del MAS (2006-2009) y estuvo matizada por la polarización ideológica y la crisis política en un contexto de gobierno dividido (la oposición controlaba el Senado) y pugna vertical de poderes (la mayoría de los prefectos eran adversarios del presidente) que  dividió a la sociedad en torno a proyectos políticos contrapuestos.

La segunda fase se inició con la aprobación de la nueva Constitución Política del Estado y la reelección de Evo Morales que orientó su segunda gestión gubernamental (2010-2014) a la edificación del Estado Plurinacional. Esta fase se caracterizó por la concentración de recursos de poder institucionales en el MAS –merced al control oficialista del órgano legislativo y de la mayoría de las gobernaciones y alcaldías– y por el incremento del decisionismo presidencial, no obstante ante la ausencia de contrapesos institucionales al poder ejecutivo, la acción colectiva puso límites a las medidas gubernamentales. Las protestas populares contra el “gasolinazo” (diciembre de 2010) y el conflicto con el movimiento indígena en torno al TIPNIS (de agosto a octubre de 2012) provocaron modificaciones en la conducta del partido de gobierno y en sus relaciones con la sociedad. Si anteriormente el MAS realizaba consultas y tomaba decisiones en asambleas con dirigentes de organizaciones sociales, a partir de esos hechos  el gobierno optó por la convocatoria a “cumbres sociales” con la participación de diversos sectores sociales –no solamente a sus aliados tradicionales–, para  redefinir la agenda gubernamental.

Esos eventos fueron los prolegómenos de una tercera fase en el proceso de cambio signada por el predominio de una postura moderada en la ejecución del proyecto masista y en la construcción del Estado Plurinacional. El oficialismo dio un giro programático a mediados de 2013 cuando Evo Morales anunció una lista de objetivos de desarrollo contemplados en la Agenda Patriótica del Bicentenario 2025 que enfatiza el carácter incremental del proceso de transformación estatal. Esta agenda atenúa la idea original de “refundación del país” porque muestra una línea de continuidad histórica en la formación del Estado Nacional, también expresa una tendencia a la ampliación de la interpelación discursiva a otros sectores sociales para ensanchar la coalición gubernamental que, sobre todo durante la primera gestión gubernamental, estuvo circunscrita a la alianza entre organizaciones campesinas e indígenas. De manera coetánea, se relativizó la posición gubernamental frente a la inversión extranjera y la orientación heterodoxa en la política económica obtuvo innegables éxitos en estabilidad y crecimiento económico, así como en la reducción de la pobreza y la desigualdad social. Adicionalmente, el gobierno puso en marcha una nueva estrategia sobre la reivindicación marítima que obtuvo el apoyo generalizado de la opinión pública reforzando la capacidad de convocatoria del partido de gobierno.

Este giro programático también estuvo motivado por la pérdida de popularidad de la figura presidencial que descendió a 30% de aprobación entre 2011 y 2012 poniendo en entredicho el plan oficialista de impulsar la postulación de Evo Morales para su reelección en 2014. Precisamente, un efecto político de la inflexión en la conducta gubernamental fue la recuperación de la imagen presidencial  puesto que, en el primer semestre de 2014, casi dos tercios de la población encuestada manifestaron su aprobación a la labor de Evo Morales.  Fue una consecuencia del giro programático que se convertirá en el norte de la estrategia del oficialismo.

 Estrategia oficialista: avanzar al centro

El MAS despliega una estrategia electoral que combina continuidad y renovación. La continuidad se hizo patente en la centralidad de Evo Morales como líder indiscutible del proceso de cambio cuya postulación a la reelección presidencial marcó la conducta del MAS durante la segunda gestión gubernamental. La continuidad se reforzó con la ratificación del binomio Evo Morales-Álvaro García Linera que comanda el gobierno desde hace nueve años. La estabilidad de esta dupla partidista rompe una tradición de la cultura política boliviana que minimizaba la función vicepresidencial caracterizada como “quinta rueda del carro” y consideraba ese cargo político como un apéndice del titular de gobierno y sin tareas específicas como cabeza del poder legislativo; en ciertas circunstancias, el vicepresidente fue observado con recelo porque era considerado un potencial rival (Jaime Paz frente a Hernán Siles, Tuto Quiroga frente a Hugo Bánzer, Carlos Mesa frente a Gonzalo Sánchez de Losada). La plena adscripción de Álvaro García Linera a la autoridad de Evo Morales eliminó cualquier duda sobre la consistencia del núcleo decisorio del gobierno cuya estabilidad redujo al mínimo la incertidumbre organizativa en filas del MAS. Por esta razón no hubo pugnas internas para ocupar el sitio de acompañante de Evo Morales y, adicionalmente, se eliminó la discusión sobre la sucesión en el mando gubernamental. De esta manera, la certidumbre interna en el MAS reforzó la imagen de fortaleza del partido de gobierno.

El binomio es inamovible, no así la coalición oficialista, excepto en el apoyo de su base campesina. Las modificaciones en la coalición de gobierno durante la segunda gestión gubernamental tuvieron consecuencias en la estrategia electoral del MAS que se pusieron de manifiesto en la confección de las listas de candidatos a la asamblea legislativa. Para evaluar las listas de candidatos a diputados y senadores es preciso analizar las mutaciones en la coalición de gobierno puesto que tienen relación con el sujeto político del proceso de cambio.

La coalición oficialista es una coalición de composición flexible e inestable porque la presencia de actores sociales y políticos es variable; depende del grado de  atención gubernamental a sus demandas y de la canalización de sus intereses corporativos.  Por ello se perciben diferencias en el tamaño de la coalición oficialista si, por ejemplo, se comparan la primera y segunda gestión gubernamental. En la primera gestión predominaron las demandas de alta agregación, como la nacionalización y la asamblea constituyente, que provocaron una adscripción generalizada de organizaciones populares a la coalición de gobierno. En cambio, durante la segunda gestión, una vez aprobada la nueva Constitución Política del Estado, empezaron a prevalecer las demandas sectoriales y los intereses corporativos provocando reyertas con el gobierno y alejamientos circunstanciales de la coalición oficialista por parte de algunas organizaciones, tal como ocurrió con los cooperativistas mineros, la Central Obrera Boliviana o las organizaciones indígenas.

Inicialmente, esa coalición se asentó en la alianza entre el MAS y las organizaciones matrices de raigambre campesina e indígena que se fundieron en el Pacto de Unidad para incidir en el rumbo de la Asamblea Constituyente (2006-2008). Luego se amplió a otros sectores populares y sindicatos, incluida la Central Obrera Boliviana (COB), al compás de la polarización política y el enfrentamiento con la oposición cívica regional, dando origen a la Coordinadora Nacional por el Cambio (CONALCAM), una supra organización que tuvo un importante papel de movilización electoral en el referéndum constitucional de 2009.  Esta entidad perdió protagonismo después del “gasolinazo” de 2010 y el Pacto de Unidad se disolvió a raíz del conflicto en torno al TIPNIS en 2012. La parálisis de CONALCAM fue episódica, en cambio, la crisis del Pacto de Unidad fue sustantiva porque se puso en cuestión la alianza entre las organizaciones campesinas e indígenas que había definido el curso del proceso constituyente.  La nueva carta magna reconoció el Estado Plurinacional y la constitución del sujeto político que caracteriza el nuevo modelo estatal: naciones y pueblos indígena originario campesinos. Este sujeto plurinacional expresaba la combinación de las identidades sociales vehiculizadas por las organizaciones que conformaron el Pacto de Unidad: naciones originarias de tierras altas (Consejo de Ayllus y Markas del Qullasuyu, CONAMAQ), pueblos indígenas de tierras bajas (Confederación de Pueblos Indígenas de Bolivia, CIDOB) y campesinado en sus diversas vertientes (Confederación Sindical Única de Trabajadores Campesinos de Bolivia, CSUTCB, Confederación Sindical de Colonizadores de Bolivia, CSCB y Federación Nacional de Mujeres Campesinas Indígenas Originarias de Bolivia-Bartolina Sisa, FNMCIOB-BS). Este actor político se transformó en un sujeto jurídico porque las naciones y pueblos indígena originario campesinos son los titulares de los derechos colectivos, cuyo reconocimiento define el carácter plurinacional del nuevo Estado, también el rasgo multicultural de la ciudadanía y el sentido intercultural de la democracia.

Una secuela del conflicto en torno a la construcción de una carretera por el TIPNIS fue la desagregación parcial de la coalición de gobierno por desavenencias entre el MAS y las organizaciones indígenas y, también, por las contradicciones entre sindicatos campesinos y centrales indígenas. Este conflicto puso en tapete de discusión la orientación del modelo de desarrollo (tierra o territorio, explotación y exportación de materias primas versus equilibrio ecológico), no obstante lo que estaba en juego era una contradicción entre el ejercicio de soberanía estatal y la vigencia de los derechos colectivos. Esta contradicción se resolvió a favor del Estado Plurinacional como representante del interés general o del bien común. La impronta indigenista del Estado Plurinacional se debilitó porque lo comunitario –una expresión de los derechos colectivos– se subordinó a lo nacional, representado por el gobierno/Estado. Las organizaciones matrices del movimiento indígena se alejaron del gobierno y la coalición oficialista se redujo a las organizaciones campesinas. El sujeto plurinacional se disgregó y, paulatinamente, fue remplazado por un sujeto policlasista de carácter convencional que empezó a delinearse en las “cumbres sociales” con la presencia de otros actores sociales, incluso empresarios, sin circunscribirse al movimiento campesino y sin la participación de las organizaciones indígenas. Este desplazamiento es sustantivo porque el sujeto político tiende a ser desplazado por un difuso sujeto ciudadano –el electorado–, puesto que el proyecto se encarna en el líder y se materializa en el Estado. Evo Morales ya no es el elemento de equilibrio de la coalición de gobierno sino el factor de cohesión del proceso de cambio que discurre con el apoyo militante de las organizaciones campesinas.

La coalición de gobierno se ha circunscrito, principalmente, a los campesinos y la estrategia electoral del  MAS está dirigida a ampliar la convocatoria electoral empero no existen señales de recomposición del Pacto de Unidad puesto que la dirigencia del movimiento indígena se dividió entre adeptos y detractores al gobierno. Debido al conflicto en torno al TIPNIS, las organizaciones matrices del movimiento indígena –CIDOB y CONAMAQ– sufrieron divisiones internas por pugnas entre dirigentes leales y críticos al gobierno. Este hecho no impidió que el MAS sea el único partido que inscribió candidatos en las siete circunscripciones especiales indígenas a pesar de que algunas organizaciones locales cuestionaron las designaciones porque no se respetaron las decisiones asumidas por las comunidades. Es decir, a pesar de la disolución del Pacto de Unidad, el MAS sigue siendo la organización política que representa  con mayor eficacia a los pueblos indígenas, puesto que los restantes partidos no completaron la lista de candidatos en todas las circunscripciones especiales.

Precisamente, la estrategia de ampliación de la convocatoria electoral del MAS se manifestó en la definición de las listas de candidatos a legisladores, en las cuales se destaca la presencia de personalidades de sectores de clase media urbana. Así como aconteció en las elecciones de 2005 y 2009, existe un nítido predominio de representantes de organizaciones sociales en los lugares para diputados uninominales, entre los que resaltan  campesinos y cooperativistas mineros; adicionalmente se amplió el abanico de sectores sociales en los cargos para senadores y diputados plurinominales puesto que ingresaron en las listas de candidatos varios representantes de las federaciones de transportistas, también empresarios y profesionales independientes, pese a que en los congresos partidistas y ampliados sindicales se insistió en prohibir la presencia de “invitados”. El requisito de militancia para acceder a cargos electivos fue una reacción circunstancial al surgimiento de “disidentes” en las filas del MAS que cuestionaron la conducta oficialista y se alejaron del partido de gobierno, sobre todo después del conflicto por el TIPNIS. Esa postura se modificó por la necesidad de interpelar con mayor eficacia a la población citadina. No obstante, considerando que los senadores y diputados plurinominales se benefician del voto por el binomio presidencial, el objetivo subyacente de la estrategia electoral del MAS es exponer una faceta partidista más incluyente respecto a los sectores de clase media urbana. Adicionalmente, esta estrategia electoral denota las mutaciones en la composición del sujeto político del proceso de cambio puesto que, como señalamos, el MAS convoca, en esta oportunidad, a un sujeto policlasista menos orgánico que la alianza campesina e indígena del pasado  en la medida que el proyecto masista, ahora, es representado por el Estado.

La coalición de gobierno también presenta cambios en la presencia de fuerzas políticas aliadas al gobierno. El hecho más notable fue el alejamiento del MSM cuyos militantes participaron en las listas de oficialismo en varias consultas electorales realizadas entre 2005 y 2009. Este partido participó con sigla propia en los comicios subnacionales de 2010 y, luego, reclamó su personería política para actuar como bancada opositora enarbolando un discurso de crítica y “reconducción” del proceso de cambio. Otras fuerzas políticas, como el Partido Comunista de Bolivia, mantienen un lazo informal de relación subordinada al MAS y, en estas elecciones, un ex dirigente de Alianza Social (AS) es candidato a senador sin atisbos de acuerdo institucional.

Al margen de estas mutaciones tácticas es evidente que en el MAS prevalece un intercambio político basado en la representación de intereses y demandas de sectores populares organizados, sobre todo en el área rural. El capital político de los candidatos proviene de su pertenencia sindical y de su trayectoria organizativa, no depende de su desempeño en las filas del partido. En tal sentido, el MAS mantiene su impronta de “instrumento político” de las organizaciones sociales, empero su principal objetivo –en esta fase del proceso de cambio– es la movilización electoral.

El acervo organizativo de los sindicatos y las federaciones se traduce en un recurso decisivo para la movilización electoral y es uno de los elementos que definen al MAS como el único partido con presencia territorial de carácter nacional. A este bagaje organizativo se suma la disponibilidad de recursos de poder institucionales debido a su manejo del aparato estatal y porque los actos del presidente y vicepresidente tienen un sesgo proselitista, independientemente de sus intenciones. Esa situación no se limita al gobierno central porque el MAS dispone del control de siete de nueve gobernaciones y de más de dos tercios de las alcaldías. Frente a este panorama, las opciones de las fuerzas de oposición se limitan al manejo de dos gobernaciones, en manos de Unidad Demócrata, que también controla algunos municipios en los departamentos de Chuquisaca, Beni, Pando y Santa Cruz; por su parte, el MSM administra el gobierno municipal de La Paz desde hace más de una década.

Este cuadro electoral favorable al oficialismo es resultado de la estrategia política desplegada por el MAS durante la segunda gestión gubernamental y los alcances de la victoria electoral de Evo Morales dependen de la conducta de las fuerzas de oposición, cuyas estrategias en el primer tramo del proceso electoral resultaron siendo funcionales para los intereses del partido de gobierno.

 Estrategias opositoras: ¿retorno al origen?

La oposición es un campo donde interactúan diversas organizaciones con distinto signo político y cuyas posiciones en el escenario electoral se definen por la distancia ideológica respecto al partido de gobierno más que por su fuerza potencial para lidiar por la ocupación de asientos legislativos y, eventualmente, por la presidencia. Se trata de un campo que ha sufrido importantes mutaciones en los últimos años. De las cuatro organizaciones políticas con presencia en el parlamento durante la actual gestión gubernamental solamente quedan dos fuerzas políticas: MSM y UN, cuyos jefes son candidatos presidenciales. Dos tiendas políticas que lograron escaños en la Asamblea Legislativa Plurinacional –Alianza Social y Convergencia Nacional–se disgregaron tempranamente, no obstante, en el primer caso, su principal dirigente ahora es candidato por el MAS; en el segundo caso, varios parlamentarios de Convergencia Nacional ingresaron en las listas de Unidad Demócrata y PDC.

Las otras fuerzas habilitadas para las elecciones de octubre de 2014 tienen escasa presencia en el escenario político, sus trayectorias son disímiles y ocupan posiciones opuestas en la arena electoral. El PDC es una tienda política tradicional empero no participa en contiendas electorales desde 1985. El PVB es el primer partido registrado oficialmente después de la aprobación de la nueva Constitución Política del Estado y se define como “Instrumento de la ecología política”. En ambos casos, los candidatos presidenciales no son militantes sino que se trata de personalidades políticas que fueron invitadas porque tienen presencia en el espacio público, sobre todo mediático, como resultado de trayectorias tan diferentes como las de sus organizaciones políticas.

Las  rutas que siguieron las distintas fuerzas políticas son sugerentes para evaluar el comportamiento de la oposición como antípoda del oficialismo, puesto que un afán constante en los períodos pre-electorales es la búsqueda de agregación de fuerzas, sobre todo cuando deben enfrentarse a un vigoroso partido de gobierno que pretende su permanencia en el poder. En tal sentido sobresale el desempeño de UN, MSM y MDS que estuvieron involucrados en diversos planes de alianza y, al principio del momento pre-electoral, tuvieron interesantes desplazamientos hacia el centro del espacio de discursividad política para desafiar la presencia del MAS en ese lugar privilegiado. Sin embargo, el resultado de esos esfuerzos fue la ratificación de un campo opositor sin novedades relevantes en su composición final, más aún, resalta la inexistencia de un binomio capaz de concentrar la votación proclive a la oposición al MAS, tal como lo hicieron en su momento los candidatos de Poder Democrático Social (PODEMOS) en 2005 y Convergencia Nacional en 2009.

Unidad Demócrata: un camino sin sorpresas

Los afanes para la conformación de coaliciones electorales en el campo de la oposición tuvieron como protagonistas a MSM, UN y MDS que desplegaron diversas tácticas. El resultado fue relativamente convencional porque se produjo un acuerdo electoral entre UN y MDS bajo la denominación de Unidad Demócrata para postular a Samuel Doria Medina. UN es el único partido opositor que tiene presencia parlamentaria desde 2005 aunque con una reducida bancada, lo que no fue un óbice para que desempeñe un papel relevante en la primera gestión gubernamental del MAS con la conducción de la de la presidencia del Senado durante una gestión legislativa. Samuel Doria Medina, jefe de UN desde su fundación, es candidato presidencial por tercera vez; no tuvo éxito en 2005 ni en 2009 puesto que sus votaciones orillaron el 8% y 6% respectivamente. Es un actor político de larga data porque fue ministro en el gobierno de Jaime Paz Zamora (1989-1993), más adelante se apartó del MIR y fundó su propio partido en 2003, con esa esa sigla no solamente participó como candidato presidencial, también fue elegido representante para la Asamblea Constituyente. Su papel como ministro está marcado por la privatización de empresas públicas y, en buena medida, esa imagen es asociada al “pasado neoliberal” por sus rivales, sobre todo el MAS.

Algunos ingredientes permiten aseverar que Unidad Demócrata tiene algunos elementos de afinidad con PODEMOS y Convergencia Nacional, en la medida que estas siglas designaban coaliciones electorales que no perduraron en el tiempo. Como antecedente del actual frente opositor se puede mencionar el acuerdo parlamentario entre UN y PODEMOS para  controlar el Senado durante 2007-2009; precisamente, quien fue presidente de la cámara alta ahora es candidato a diputado plurinominal por Unidad Demócrata. Por otra parte, MDS se forjó a partir de varias agrupaciones políticas regionales que formaron parte del Consejo Nacional Democrático (CONALDE) durante el proceso constituyente y tienen una presencia importante en la antaño denominada “media luna”. Estas agrupaciones locales apoyaron a Convergencia Nacional en las elecciones generales de 2009 pero actuaron de manera independiente en los comicios subnacionales de 2010 utilizando sus propias siglas y con candidatos propios en sus distritos electorales. Más adelante, algunas de estas agrupaciones sellaron alianzas con UN para terciar victoriosamente en unos comicios municipales (Sucre) y departamentales (Beni) que se realizaron de manera especial para llenar cargos vacantes. Esas alianzas reforzaron la prédica de UN por la organización de un “frente único” de oposición. Desde el inicio de la segunda gestión gubernamental de Evo Morales, Samuel Doria Medina proclamó la necesidad de forjar un “frente único” detrás de un candidato de consenso a la usanza de la oposición venezolana que, para entonces, había articulado fuerzas en torno a Henrique Capriles, quien estuvo a un punto de vencer a Nicolás Maduro en las elecciones presidenciales de abril de 2013. La estrategia frentista impulsada por UN tuvo éxito porque los candidatos opositores vencieron en las elecciones para alcalde de la ciudad de Sucre (2011) y para gobernador del departamento de Beni (2013), aunque las alianzas se dieron entre UN y distintas fuerzas políticas locales. Por cierto, en ningún caso incluyó al MSM porque este partido desechó cualquier posibilidad de alianza arguyendo diferencias ideológicas con UN.

A fines de 2013, UN impulsó la creación de una coalición denominada Frente Amplio que se postuló como una nueva organización política. En este frente se congregaron inicialmente agrupaciones regionales y personalidades de izquierda con el objetivo de forjar una “institución para la democracia” con posibilidades de lograr la unidad de las fuerzas de oposición. Esa decisión denotó el desplazamiento de UN hacia el centro para acercarse a las posiciones del MAS y MSM con la intención de mitigar las acusaciones oficialistas contra Samuel Doria Medina por su participación como responsable de la privatización de empresas públicas en el pasado. Después de seis meses, el Frente Amplio se desnaturalizó porque se sumaron otras agrupaciones políticas de diverso signo ideológico –incluido el MNR–con la finalidad de ampliar su radio de convocatoria. Asimismo, se aplicó una encuesta de opinión pública como –inédito– método de selección del candidato presidencial y Samuel Doria Medina obtuvo el mayor porcentaje de aprobación entre cinco postulantes. Varios promotores del Frente Amplio cuestionaron ese proceso y se retiraron de la consulta a la opinión pública y, más adelante, anunciaron su ruptura con UN porque el jefe de este partido decidió, inconsultamente, establecer una alianza electoral con el MDS. La innovación frentista y la metodología demoscópica se convirtieron en hechos anecdóticos.

La propuesta de “frente único” esbozada por UN estuvo en el trasfondo de la creación del Frente Amplio, no obstante, esa nueva agrupación se disgregó apenas diez meses después de su gestación y UN optó por un convencional acuerdo electoral para conformar un binomio sin tomar en cuenta la opinión de sus circunstanciales aliados ni consultar a la población mediante encuestas. En suma, después de desplegar una estrategia centrada en la prédica por un “frente único”, UN terminó estableciendo en solitario una alianza con MDS que ratificó la candidatura presidencial de Samuel Doria Medina.

La trayectoria del MDS es muy sugerente. Sus orígenes se remontan a las elecciones departamentales y municipales de abril de 2010 cuando Convergencia Nacional, principal fuerza opositora en el parlamento, declinó su participación en los comicios subnacionales de ese año como coalición opositora. Varias fuerzas políticas regionales que se enfrentaron a Evo Morales durante la primera gestión gubernamental habían apoyado a Convergencia Nacional en las elecciones generales de 2009 pero decidieron presentar candidatos propios en sus distritos para competir contra el MAS. Una de esas agrupaciones políticas de carácter regional fue Verdad y Democracia Social (VERDES) que venció en las elecciones para gobernador de Santa Cruz y en varios municipios de ese departamento. Esta agrupación se fundó en torno a la candidatura de Rubén Costas para gobernador, quien fue la principal figura de CONALDE, la entidad que se opuso tenazmente al MAS durante el proceso constituyente enarbolando una propuesta de autonomías departamentales como antípoda del Estado Plurinacional. A mediados de 2011, VERDES decidió convertirse en partido político y pasó a ocupar el polo derecho del espacio de discursividad política por su postura radicalmente anti-oficialista. Inicialmente, la experiencia de VERDES denotaba una tendencia hacia la conformación de partidos regionales en consonancia con las condiciones políticas e institucionales generadas por la implementación de las autonomías departamentales. No obstante, en el segundo semestre de 2013, VERDES y varios grupos políticos regionales conformaron un nuevo partido político bajo la jefatura de Rubén Costas. Así, el Movimiento Democrático Social se preparó para participar en los comicios generales de 2014.

Durante un par de meses este partido estuvo en tratativas con el MSM y definieron un acuerdo preliminar para una probable alianza con miras a los comicios generales de 2014 a partir de coincidencias programáticas. Este acercamiento fue sorpresivo y las coincidencias fueron aún más sugerentes porque se trataba de organizaciones políticas situadas en polos opuestos del espectro ideológico. Por esa razón no era casual que solamente un punto implicaba una crítica tajante al gobierno del MAS porque planteaba “recuperar la democracia y las libertades”; los demás temas de coincidencia programática eran propositivos: transformación productiva, empleo digno, desarrollo armónico con el medio ambiente, erradicación de la pobreza, inclusión social, autonomía y pacto fiscal, justicia para todos, seguridad ciudadana, cero tolerancia a la corrupción y unidad de pueblos, culturas y naciones. Ese acercamiento fue tan novedoso como había sido la inicial conformación del Frente Amplio en torno a UN porque implicaba una convergencia de fuerzas de izquierda (MSM) y de derecha (MDS) hacia el centro, ese “lugar geométrico” ocupado por el MAS. Su objetivo era ampliar el radio de interpelación de ambas fuerzas políticas dejando de lado posiciones meramente anti-gubernamentales, sin embargo, así como el Frente Amplio se desarticuló como resultado de la estrategia de UN, el acercamiento entre MSM y MDS resultó infructuoso porque este último partido optó por aliarse, precisamente, con UN bajo la premisa de reeditar los acuerdos electorales que –en otra escala– tuvieron éxito en un par de elecciones subnacionales.

La estrategia electoral de UD está dirigida a superar los límites geográficos de UN y MDS combinando sus bases electorales y presencia territorial. La votación de UN se concentra en la zona andina, sobre todo en las ciudades de El Alto y La Paz, y MDS tiene su bastión electoral en el oriente, particularmente en Santa Cruz, merced a la vigorosa presencia del partido VERDES. A esa disponibilidad de apoyo electoral se suman las victorias de la oposición en la ciudad de Sucre y en el departamento de Beni merced a un par de alianzas entre UN y fuerzas políticas locales que forman parte de MDS. La confección del binomio refuerza esta estrategia porque el candidato vicepresidencial –Ernesto Suárez– fue gobernador de Beni y militó activamente en filas de CONALDE. Adicionalmente, el jefe de la coalición electoral es Rubén Costas, principal dirigente de MDS y actual gobernador del departamento de Santa Cruz. Por lo tanto, este frente electoral dispone de recursos de poder institucionales en tres departamentos (dos gobernaciones y una alcaldía), a lo que se suman los recursos empresariales del candidato presidencial Samuel Doria Medina que, desde hace varios años, despliega campañas mediáticas y financia proyectos sociales y laborales en su intento de erigirse como referente de la oposición.

La hechura frentista de Unidad Demócrata se tradujo en la confección de listas de candidatos respetando los “cotos de caza” de las fuerzas aliadas que, en el caso de MDS –un partido de reciente creación– implica una combinación de intereses de diversos grupos regionales. Adicionalmente, ambas organizaciones desplegaron, por separado, lógicas de intercambio político. Así ocurrió con algunos ex dirigentes indígenas que, debido al conflicto por el TIPNIS, se alejaron del MAS y se adscribieron de diversa manera a UN y MDS, ya sea mediante el Frente Amplio, como el caso de Rafael Quispe de CONAMAQ, o mediante acuerdos con la gobernación de Santa Cruz, en el caso de dirigentes de tierras bajas como Pedro Nuni y Lázaro Taco de CIDOB. Por esa razón, este frente electoral es el único rival del MAS que tiene candidatos en casi todas las circunscripciones especiales indígenas,

El principal desafío de este binomio es superar la clausura discursiva de la oposición de antaño que se limitaba a rechazar el proyecto masista, incluyendo a la nueva Constitución Política del Estado. Existe menos barreras respecto al indigenismo, expresado en el reconocimiento del modelo plurinacional del Estado, porque ya no prevalecen posiciones opositoras excluyentes, además algunos ex dirigentes del movimiento indígena, antaño aliados del MAS, forman parte de esta coalición opositora. Con relación al nacionalismo, los candidatos de Unidad Demócrata inicialmente dirigieron su crítica a la administración de los ingresos económicos y a la calidad de la gestión pública sin cuestionar la nacionalización de los hidrocarburos, menos a plantear la reversión o desmontaje de las políticas redistributivas mediante bonos que eran motivo de cuestionamiento porque expresaban lógicas rentistas del uso de los excedentes estatales.

Sin embargo, en el inicio de la campaña electoral surgió el riesgo de un retorno a las posiciones discursivas de antaño debido al efecto no previsto provocado por la aparición de un acérrimo discurso opositor esgrimido por Jorge Quiroga que sorpresivamente apareció en las encuestas con alrededor de 5% de apoyo. El candidato del PDC ingresó en la disputa por el voto duro anti-masista que, inicialmente, estaba en la base de los cálculos de Unidad Demócrata como un punto de partida de su apoyo electoral. Ese giro en las preferencias electorales conservadoras tiende a provocar un cambio en las estrategias de las fuerzas de oposición, particularmente en Unidad Demócrata, porque la emergencia de un discurso que pretende la polarización entre oficialismo y oposición puso en cuestión la pertinencia y los réditos de una adaptación a la tendencia centrípeta predominante en el espacio de discursividad política.

MSM: encierro geográfico y discursivo

Una fuerza novedosa en el campo opositor es el MSM y también es inédita su participación en las elecciones generales de octubre de 2014 con su fundador, Juan del Granado, como candidato. La presencia de este partido en el parlamento se produjo después de las elecciones departamentales  y municipales de abril de 2010. En esa ocasión se  convirtió en la segunda fuerza electoral a nivel nacional logrando victorias en municipios de seis departamentos y manteniendo el control de la alcaldía de La Paz,  distrito donde es imbatible desde 1999. Su participación en esa contienda electoral estuvo precedida de la ruptura de su alianza con el MAS que le había permitido participar en las listas de candidatos del oficialismo en los comicios de 2005 y 2009, así como en la Asamblea Constituyente. En 2010 optó por actuar con personería propia y una consecuencia de esa decisión fue su alejamiento de la coalición oficialista.

La presencia parlamentaria del MSM con una bancada propia, pese a su reducido tamaño, tuvo consecuencias importantes en la reconfiguración del campo opositor porque surgió una postura contraria al oficialismo desde posiciones de izquierda. Este partido propició protestas callejeras en contra del “gasolinazo” y denunció el carácter “neoliberal” de esa medida. Su interpelación contra una medida económica contraria a la política de nacionalización se combinó con denuncias respecto a la conducta autoritaria del gobierno en un talante similar a la crítica de UN. No obstante asumió una posición distinta respecto a las restantes fuerzas de oposición porque estableció una disyunción entre el MAS y el proceso de cambio a partir de plantear la necesidad de su “reconducción” y enfocando su crítica en el liderazgo personalista de Evo Morales caracterizado como “uniquismo”. Es decir, el MSM no cuestiona el proyecto gubernamental sino al actor político que lo dirige y, en esa medida, tiene escasas posibilidades de disputar la base electoral del MAS o la franja de indecisos considerando que Evo Morales es el favorito en las encuestas. Arguyendo diferencias ideológicas, el MSM rechazó los llamados de UN para formar parte de un “frente único” y su única acción en pos de alianzas electores se dirigió hacia MDS, su contracara geográfica e ideológica, pero su esfuerzo para recorrer hacia el centro del escenario político fue estéril. Su participación en la contienda electoral sin alianzas importantes se ratificó con la invitación a Adriana Gil como compañera de fórmula de Juan del Granado, una solitaria política cruceña que en el pasado militó en el MAS y, luego, apoyó a Convergencia Nacional. La estrategia electoral de este partido se orienta a superar el encierro geográfico en la región altiplánica con un binomio complementario en términos identitarios y geográficos, pero sin un correlato organizativo en la región oriental. Otra connotación tiene la presencia de varios ex militantes del MAS en filas del MSM –como Rebeca Delgado, ex presidenta de la Cámara de Diputados, o Román Loayza y otros ex dirigentes del sindicalismo campesino y el movimiento indígena– quienes, sin embargo, no son candidatos pero reforzaron la identidad partidista. Otros ex miembros del MAS que se aliaron al MSM en las elecciones de 2010, entre los que se destacó Abel Mamani, dirigente de las juntas vecinales de El Alto, retornaron a las filas oficialistas poniendo en evidencia la levedad de las fronteras ideológicas entre ambos partidos, antaño aliados.

Es preciso destacar que el MSM es el único partido que ha encarado procesos de institucionalización mediante la realización de elecciones internas para elegir a sus cuadros dirigentes departamentales, así como congresos para definir sus mandos nacionales. Adoptó figuras innovadoras en su funcionamiento, como el Defensor del militante, en un afán de adaptación a los principios normativos de la Ley de Régimen Electoral, también para reforzar la identidad organizativa del partido puesto que es un partido donde los incentivos colectivos –ideología, programa– tienen similar o mayor peso que los incentivos selectivos –cargos, curules–, excepto en el caso de La Paz, donde maneja el aparato municipal desde hace quince años. Sus esfuerzos organizativos hacen suponer un caso de crecimiento partidista de tipo incremental por penetración territorial, aunque su presencia en las regiones es muy dispareja. Estos rasgos se traducen en la confección de sus listas de candidatos bajo criterios orgánicos porque predominan cuadros militantes que han sido seleccionados por canales institucionales.

El MSM dispone de recursos de poder institucional similares  a otras candidaturas aunque en menor cantidad, en realidad se concentran en la alcaldía de La Paz. A eso se suma su fortaleza organizativa y la formación de cuadros políticos, un perfil institucional y programático que, empero, limita sus posibilidades de intercambio político. Su estrategia discursiva debe contemplar dos frentes de debate, Samuel Doria Medina y Evo Morales, una combinación que puede provocar su encierro discursivo en posiciones de izquierda, puesto que desde esa postura se enfrentará a Unidad Demócrata y al MAS, a quienes considera expresiones de retorno y adaptación al neoliberalismo o, bien, de rechazo y traición al movimiento indígena. En tal medida, el MSM carece de flexibilidad táctica para obtener réditos del intercambio discursivo puesto que otros actores políticos son más verosímiles en sus críticas al MAS y Unidad Democrática.

PDC y PVB: outsiders en campaña

Otro par de candidatos del campo opositor provienen de parajes opuestos y su trayectoria personal es más importante que las siglas que los acogen. En cierta medida se trata de outsiders porque son personajes que están al margen del sistema de representación política e ingresan al ruedo electoral como candidatos invitados por organizaciones que carecen de consistencia institucional y arraigo electoral. Los outsiders son, generalmente, caras nuevas en la política, sin embargo, su rasgo principal es que enarbolan un discurso “anti-sistema” dirigido a cuestionar el orden establecido. Fernando Vargas es un rostro nuevo y se estrena como candidato invitado por PVB merced a la fama mediática que le proporcionó su participación en el conflicto por el TIPNIS como principal dirigente de la marcha indígena. Jorge Quiroga fue presidente hace trece años y candidato presidencial hace nueve, pero incursiona en esta contienda electoral invitado por el PDC enarbolando postulados ideológicos de raigambre neoliberal a contramano de la tendencia discursiva dominante.

El PVB es un partido ecologista e invitó como candidato presidencial a un indígena moxeño-trinitario que dirigente de una subcentral y actor sobresaliente durante el  conflicto en torno al TIPNIS. Este dirigente acuñó la frase: “Territorio o muerte, TIPNIS o muerte”, en rechazo al plan gubernamental de construcción de una carretera por medio de ese territorio indígena. La presencia de Fernando Vargas en el campo opositor expresa una de las facetas de la ruptura de la dirigencia del movimiento indígena, sobre todo de tierras bajas, con el MAS. Su campaña tiene carácter testimonial aunque cuestiona la orientación del modelo de desarrollo implementado por el MAS por su dependencia de la economía primario-exportadora basada en hidrocarburos y minerales puesto que contradice los principios indígenas del Vivir Bien establecidos en la Constitución Política del Estado. Es decir, cuestiona el nacionalismo estatista del MAS desde posiciones indigenistas afines a la prédica ecologista del partido político que lo postula, empero se trata de un cuestionamiento en solitario puesto que la mayoría de las organizaciones indígenas de tierras bajas, pese a las divisiones internas, restituyeron sus lazos con el MAS. Esta candidatura muestra otra faceta de intercambio político porque se sustenta en un acuerdo entre el PVB y una red de organizaciones compuesta por grupos de activistas que defienden el medio ambiente y que se movilizaron en las ciudades para apoyar a la marcha indígena del TIPNIS. Varios  postulantes, incluida Margot Soria, fundadora del partido y candidata vicepresidencial, provienen de corrientes ecologistas denotando la importancia de la prédica medio-ambientalista como incentivo colectivo. La presencia de Fernando Vargas proporciona mayor verosimilitud a las críticas a la faz indigenista del proyecto oficialista puesto que la crítica general al modelo de desarrollo se combina con el cuestionamiento a los sindicatos campesinos, sobre todo cocaleros, acusados de expandir sus cultivos a zonas que corresponden a territorios indígenas. En esa medida, es previsible una radicalización del discurso del PVB en ese tópico aunque sin afectar las estrategias de otras fuerzas de oposición. En suma, la candidatura de Fernando Vargas tiene un carácter básicamente testimonial y su presencia en las encuestas es prácticamente nula.

Similar catadura testimonial tiene la presencia de Jorge Quiroga, no obstante se destaca por un afán proselitista en defensa del neoliberalismo, acorde con su trayectoria política, que le sirve de sustrato para criticar al proyecto oficialista. Fue parte del binomio de Acción Democrática Nacionalista (ADN) en 1997 y remplazó a Hugo Banzer en la presidencia durante doce meses. En 2005 fue candidato presidencial por PODEMOS y logró el segundo lugar. Su agrupación política se erigió en la principal fuerza opositora y, en alianza con UN, controló el Senado durante la primera gestión de gobierno de Evo Morales. Esa figura de gobierno dividido le otorgó cierta capacidad de veto a PODEMOS que le permitió negociar con el oficialismo una serie de modificaciones en el nuevo texto constitucional como condición para viabilizar su aprobación mediante una ley de convocatoria a referéndum constitucional. La posición asumida por Jorge Quiroga y PODEMOS –obviando sus intenciones e intereses– fue decisiva para el decurso del proceso político puesto que la polarización entre CONALCAM y CONALDE ingresó a una etapa de antagonismo con enfrentamientos en varias ciudades. La oposición regional conformada por prefectos y comités cívicos no tenía una fuerza correlativa en el parlamento donde actuaban UN y PODEMOS, quienes no se subordinaron a CONALDE y debilitaron el polo opositor viabilizando un entendimiento con el MAS en la arena legislativa. PODEMOS desapareció del escenario político pero algunas figuras mantuvieron su protagonismo político, tal es el caso de Oscar Ortiz que presidió el Senado en esos días cruciales y, luego, forjó la creación de una agrupación ciudadana que engrosó las filas del MDS y, actualmente, es candidato por Unidad Demócrata.

 

 

 

 

 

 

 

 

Después de su participación electoral en 2005, Jorge Quiroga incursionó en el ámbito internacional como destacado dirigente de la Unión de Partidos Latinoamericanos (UPLA), filial regional de la Unión Demócrata Independiente (UDI) que agrupa a partidos liberales de derecha. También participa en las actividades de una fundación creada por el ex presidente español José María Aznar con el objetivo de combatir la expansión del populismo. Esa afiliación ideológica proporciona sentido a la estrategia electoral de Jorge Quiroga que no solamente está dirigida a cuestionar a Evo Morales sino, a través suyo, a denunciar los estigmas atribuidos a los gobiernos de Hugo Chávez y Rafael Correa: populismo, estatismo, ineficiencia, caudillismo y corrupción. En tal sentido, se trata de un outsider de derecha que recupera el discurso neoliberal para rechazar el proyecto del MAS in toto, esto implica cuestionar la nacionalización, el carácter laico del Estado o las medidas redistributivas, así como plantear la erradicación de plantaciones de coca en abierta confrontación con el partido de gobierno. Es decir, su arenga es un cuestionamiento al nuevo orden estatal y un rescate nostálgico del neoliberalismo y de la democracia pactada entre partidos, en esa medida es un neopopulista a la usanza de Alberto Fujimori y Carlos Menem.

Esa actitud le permitió cautivar al electorado anti-masista recalcitrante y posicionarse en las encuestas y el espacio mediático provocando una redefinición de las estrategias de sus rivales, principalmente de Unidad Demócrata. De la misma manera que el candidato del PVB, Jorge Quiroga no tiene nada que perder en las elecciones porque no está en juego la conquista de espacios de poder para el partido que lo postula sino el cuestionamiento a un proyecto político que se ha convertido en un modelo estatal representa las facetas negativas de la política latinoamericana. El binomio con Tomasa Yarwi –ex ministra del propio Quiroga– simplemente refuerza la idea de retorno al pasado como un mensaje político que presume que el neoliberalismo es una alternativa al proceso de cambio. Un anacronismo que puede ser útil para sus fines proselitistas porque la contienda electoral exige a los otras fuerzas del campo opositor blandir un discurso moderado para reducir la nítida ventaja que tiene el MAS en las preferencias electorales y que se refleja en las encuestas del mes de julio.

El sistema de partidos en su laberinto

Después de doce años, el sistema de partidos enfrentaba otra oportunidad para establecerse como un espacio de expresión institucional del pluralismo político bajo pautas competitivas. Desde las elecciones de 2002, el sistema de partidos se caracterizó por una composición variable e inestable puesto que las principales fuerzas de oposición  tuvieron una existencia fugaz y los restantes partidos no jugaron un papel relevante. Bajo esas circunstancias, la democracia boliviana asiste a un proceso de configuración de un sistema de partido predominante con tendencia a ser hegemónico como resultado de la concentración de votos y recursos de poder institucionales en el MAS en tres elecciones generales consecutivas en el transcurso de apenas una década.

Durante el primer semestre de este año, las fuerzas de oposición empezaron a desplegar sus estrategias pre-electorales dando indicios para la forja de un sistema de partidos pluralista y competitivo. La demanda opositora por pluralismo competitivo era un reclamo sobre la calidad de la democracia, un necesario síntoma de vitalidad exigido por los detractores del proceso de cambio. Las elecciones de octubre de 2014 fueron, inicialmente, concebidas como una oportunidad propicia para alcanzar ese objetivo pese a que algunos dirigentes políticos e intelectuales impugnaban la habilitación de Evo Morales como candidato porque la posibilidad de otra reelección presidencial era un síntoma de la escasa o nula vigencia del Estado de derecho, por lo tanto, de sometimiento de la democracia a pulsiones autoritarias.

No obstante, las fuerzas opositoras ingresaron en la lid electoral promoviendo alianzas e invocando la unidad. Los partidos más estables y con mayor crecimiento –Movimiento Sin Miedo  y Unidad Nacional– y también los de reciente creación–como el Movimiento Democrático Social que articuló un sinnúmero de agrupaciones regionales– encararon esa tarea durante varias semanas. El desafío común era romper su aislamiento geográfico en términos electorales  y enriquecer su filiación ideológica para ampliar su capacidad de convocatoria política. Este último aspecto adquirió particular importancia puesto que debían enfrentar a un adversario como el MAS que mostraba una enorme aptitud para reforzar su presencia en el centro del espacio de discursividad política y desplegar su capacidad hegemónica. Los partidos de oposición tenían que reducir su distancia ideológica respecto al MAS, así como mitigar sus propias diferencias ideológicas, para adaptarse a la tendencia centrípeta predominante en el sistema de partidos y en la sociedad boliviana después de la aprobación de la Constitución Política del Estado. La experiencia inicial del Frente Amplio y las coincidencias programáticas entre MDS y MSM fueron manifestaciones de esa tendencia hacia la convergencia ideológica.

Los esfuerzos de concertación terminaron de manera convencional con la formación de un frente electoral de centro-derecha entre UN y MDS y la ratificación del MSM como fuerza solitaria de izquierda. En suma, los partidos de oposición apostaron al corto plazo cuando la estrategia política aconsejaba trazar una ruta con miras a, por lo menos, las elecciones generales de 2019. Además, una vez iniciadas las campañas electorales se produjeron algunos desplazamientos discursivos –sobre todo en las filas de Unidad Demócrata–  provocados por el radicalismo del candidato de PDC que pusieron en cuestión el vigor de la tendencia centrípeta que caracterizaba el proceso electoral en su etapa inicial.

Ese desenlace también ratificó el aislamiento regional del MSM que, adicionalmente, debe encarar el desafío de competir con el MAS en un espacio –centro izquierda– ocupado por el partido de gobierno. Los integrantes de Unidad Demócrata enfrentarán desafíos de diferente índole puesto que UN y MDS deben encontrar una fórmula institucional para apuntalar una coalición política que trascienda la coyuntura electoral, algo que no ocurrió con PODEMOS ni Convergencia Nacional. De ambos aspectos depende el grado de complejidad de la interacción partidista en la próxima asamblea legislativa.

Como consecuencia, la tendencia del proceso electoral es negativa puesto que no existen posibilidades certeras de una reconfiguración del sistema de partidos que permita transitar de la competencia electoral a la competitividad política; de un formato de partido hegemónico a un esquema pluralista y multipartidista con posibilidades de interacción constructiva. Una tendencia que favorece a la estabilidad del proceso político decisional pero no al fortalecimiento de la democracia intercultural.

 


 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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