Julio en septiembre

En la librería de la editorial Plural en Cochabamba cuelga un cuadro con fotografía ampliada. Es una foto de Julio Cortázar, agachado de perfil y en la plazuela mexicana de Coyoacán. Su mano izquierda sostiene un par de libros y puede leerse el título de la portada de uno de ellos. Se trata de Los deshabitados, la novela de Marcelo Quiroga Santa Cruz. Le cuento a Bernardo Quiroga, su sobrino, que en la oficina que habitaba Cachín Antezana en la universidad había otra fotografía de Cortázar con un intelectual boliviano. Era René Zavaleta Mercado leyendo un periódico, y el escritor argentino mirando por su hombro derecho. Sonriendo junto con Pablo González Casanova, Ruy Mauro Marini y otros ilustres cientistas sociales de visita en La Habana.

Pienso en Cortázar y sus acercamientos ocasionales a personajes e imágenes bolivianas y recuerdo la calle Cochabamba donde se pasea la Maga en Rayuela. Por las calles de la Llajta se paseaba Eduardo Mitre cuando escribió los poemas de Ferviente humo y en la contratapa de ese libro publicado en similar formato que la Revista Hipótesis, allá por los lejanos años 70, destaca un comentario de Julio Cortázar sobre la obra del poeta orureño: “La lectura de Ferviente humo ha sido para mí una bella experiencia de poesía. No es frecuente que un libro en el que cada poema constituye una entidad, algo así como una estrella que luego, con los otros poemas, darán la constelación del poeta”.  Ni más, ni menos.

Hace unos días, Alfonso Gumucio Dagrón. nos contó, en las páginas de este diario, su encuentro con Julio Cortázar en una fila burocrática cuando vivía en París. La calidez de sus gestos, la palabra amable del escritor, amable y tímida. Palabra amable que se encuentra en una carta que Cortázar envío a Gumucio Dagrón comentándole su libro de poemas Razones técnicas, publicado en 1980. En esa carta, le dice: “sus poemas me gustan porque son ceñidos, sin nada que sobre, y eso no es frecuente entre nosotros”. Entre nosotros, ni más, ni menos. Una carta de puño y letra que insertamos en esta página, gracias a la gentileza de Gumucio Dagrónque se acordó de algunas cosas al leer mi columna dominical en La Razón y me mandó porque así son los asuntos importantemente cronopios:

820106 Carta de Cortazar sobre Razones Tecnicas (1)

El título del último libro de Gumucio Dagrón, C(r)uentos, tiene reminiscencias cortazarianas. Y yo recordé que una vez en México, hace tres décadas, le escribí una carta jugando también cortazarianamente para mandarle otra versión de su cuento Carta a una señorita en París, pero nunca obtuve su respuesta. En mi modesto entender no fue por desdén suyo, sino porque el correo mexicano era un desastre y el Distrito Federal es una ciudad muy pero muy grande.

Me acuerdo de Julio Cortázar porque se termina agosto, mes de su nacimiento. Y porque este año se celebran los 50 años de la publicación de Rayuela. Él nació en Bruselas por casualidad, en los albores de la Primera Guerra Mundial, precisamente el día que las huestes germanas invadieron Bélgica. Por eso consideró que su nacimiento fue un acto “sumamente bélico” y esa circunstancia provocó que él sea “uno de los hombres más pacifistas que hay en este planeta”. Y no era puro verso, porque fue miembro militante del famoso Tribunal Russell, el Tribunal Internacional sobre Crímenes de Guerra. Hace medio siglo salió su primera novela para asombrar, desde entonces y para siempre, a sus lectores, sobre todo a los jóvenes que inundan su tumba con poemas breves, frases ingeniosas, dibujos disparatados y uno que otro vasito de cristal.

Los ponen en ese rincón del cementerio parisino de Montparnasse, en una tumba apacible de mármol brillante como nieve matutina y adornada con un cronopio, una pequeña escultura de madera que carece de forma pero denota timidez y lucidez, esas conductas tan típicas del gran Julio, ese hombre grandote que no envejeció mientras estuvo vivo. Me gusta evocarlo en julio porque sí, y en agosto también, por qué no, y ahora que se avecina el radiante mes de septiembre en Cochabamba pienso que los jacarandás florecientes me empujarán a recorrer las calles de la Llajta para buscar los 80 mundos que se pueden recorrer en el transcurso de un día. Como él nos enseñó.

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