EL CANTO DE LILIANA HERRERO

Estoy en París y con Christine Delfour enrumbamos hacia un museo. En el trayecto se cruza la Torre Eiffel que aparece más gris en medio de la nieve de enero. En una esquina cercana se erige aquel antiguo edificio con buhardilla circular donde se filmó El último tango en París (¡en el mismo manzano donde se encuentra la embajada boliviana!). Esa evocación tanguera me traslada a Argentina y me introduce en el túnel del tiempo.

En septiembre de 2006, un evento académico me llevó a Buenos Aires. No sabía que iba a ocurrirme algo sorprendente. Como aquella experiencia que viví a fines de 2004, cuando gracias a mi amigo Juan Manuel Abal Medina, actual ministro en el gobierno de Cristina K, conocí a Rodrigo Daskal, sociólogo del fútbol, que me sumergió en el mundo de River Plate, mi equipo foráneo favorito. Con él fui a ver un partido de los “millonarios” y en diciembre de 2004 publiqué una crónica de ese periplo bajo el título Los caminos de la vida. De manera insospechada uno de esos caminos me llevaría a escuchar por primera vez a Liliana Herrero, artista argentina, filósofa rosarina, cuyo canto descubrí en un CD de un grupo de jazz interpretando Naranjo en Flor, mi tango favorito.

Un par de años después, en mayo de 2006, asistí a un concierto de Liliana Herrero. Otra vez, gracias a Rodrigo Daskal a quien le había enviado una “encomienda”  con discos de música boliviana que, por suerte, no entregó a  Liliana Herrero. Por suerte, porque tuve la suerte de entregarle en mano propia a Horacio Gonzáles, su pareja, un lúcido y aguerrido intelectual, además director de la Biblioteca Nacional –como Borges–. “Como está Mayyyorga” me dijo apretando la mano y guardó el encargo en su abrigo. Eso no fue todo. Horas antes de su presentación, cosas del destino y culpa de Rodrigo, intercambié un par de correos con Liliana porque ella leyó mi columna publicada en La Razón. En esa columna, la segunda de esta entrega, titulada “Esperando en Buenos Aires” relaté los prolegómenos de ese concierto. Y en otra columna dominical, con el título En dos orillas intenté plasmar la experiencia vital de ese evento nocturno.

Pasaron los días y tuve otro intercambio epistolar con Liliana Herrero, que me contaba que se iba de gira a Japón, lamentaba la lejanía entre nuestras culturas y me agradecía haberle regalado discos de Luzmila Carpio, Matilde Cazasola y Gladys Moreno. Yo soñaba –y sigo con esa ilusión- conque ella interpretara alguna de sus canciones. Y le ofrecí enviarle el multimedia que Cachín Antezana estaba preparando sobre la Embajadora de la Canción Boliviana.  Transcurrieron varios años, falleció doña Gladys Moreno y en otro de mis viajes a Buenos Aires Rodrigo Daskal me regaló la discografía completa de Liliana Herrero. Hace una semana, la vi y escuché en un canal (a) donde cataba y respondía una entrevista. Me acordé de esos días, de esos correos y de mi deuda musical. Por eso decidí escribir estas líneas, para recordar y para que otros la conozcan, y también para comprometerme a enviarle La Pascana de Gladys Moreno. Por eso les invito a leer los tres textos mientras escuchan alguna canción interpretada por Liliana Herrero.

Los caminos de la vida

(Publicado en La Razón, diciembre de 2004)

Los caminos de la vida me condujeron a la tribuna popular de un estadio mundialista en un barrio de Buenos Aires.

Mi padre, que hace siete meses dejó de transitarlos, merecía estar en esas graderías atestadas de miles de hinchas con el pecho cruzado por la banda roja para revivir aquellas nostalgias que me contó de la Máquina, de Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Loustau y su talento descrito por Juvenal en El Gráfico o relatado por Fioravanti a través de esa antigua radio de marca Normende que almacena tantos domingos de tarde futbolera.

Pero el destino y Rodrigo Daskal me otorgaron ese privilegio. Los Caminos de la vida, cumbia convertida en himno por Vicentico, prestaba ritmo al canto proferido por cientos de pibes que esperaban el encuentro anunciando la presencia de la hinchada, de esa banda, “la que fuma marihuana, la que toma cocaína”, pero era una retórica tan efímera como el humo de los puchos y el vuelo de los papelitos que inundan las canchas argentinas.

Es domingo, juegan Vélez/River, y River se juega el campeonato. Por eso el estadio está atestado y yo me pregunto qué hace en medio de tanta euforia este cochabambino, hincha de Aurora, sino saltar junto a Rodrigo Daskal porque esa banda roja es el único trazo púrpura que cabe en su corazón. Bombos, tambores y banderas, camisetas de Saviola y D’Álessandro, acompañan el brinco de los Borrachos del Tablón, esos fieles que la crónica roja describe como barra brava y que esperan en el vientre de la tribuna el instante preciso para acomodarse en medio de la masa, donde no cabe ni un alfiler.

Ingresan y la tribuna es una gelatina que se convierte en avalancha, en una interminable caída de fichas de dominó que terminan acomodadas en las gradas gracias a la invisible mano de la hermandad futbolera. Algunos hinchas reparten y reciben golpes, otros abren callejones inverosímiles para el repliegue de mujeres cargando niños o a un anciano que busca un lugar más propicio para ver al equipo. Rodrigo Daskal y sus amigos, mis amigos, de rato en rato me dicen “subí”, “bajá”, “recorré” y yo me siento como Kevin Costner guiado por Sean Connery en Los Intocables.

El partido es una anécdota devorada por las manillas del reloj que sentencian la derrota de River, pero eso a nadie parece importarle. Media hora después del partido, los hinchas siguen saltando con las camisas al viento y el canto me resulta inverosímil considerando nuestra onda “lamento boliviano”, porque gritan a los cuatro vientos que no importa si el equipo jugó bien o jugó mal, porque el próximo campeonato lo van a ganar. Recupero mi gorra convertida en trofeo por las pisadas que parecen trizar el cemento mientras Rodrigo Daskal me dice que esta es la mejor hinchada argentina y yo le comento que nunca viví una experiencia similar desde que escuché a Chavela Vargas en una plaza de México.

Esa noche aprendí a mirar la vida con otros ojos, este domingo descubrí que la lealtad tiene muchos rostros y que el fútbol es pura alegría. Otro día les contaré quién es Rodrigo Daskal, sociólogo de River Plate.

Esperando en Buenos Aires

(Publicado en La Razón, mayo de 2006)

Caminaba entre estantes llenos de libros, hace un par de años, en Gandhi, esa librería que frecuentaba en la ciudad de México en los ochenta y que, entonces, pude conocer en su versión original en Buenos Aires, ´la ciudad de la furia´. Estaba ojeando un ensayo de Macedonio Fernández cuando empezó a sonar un piano y el aire se llenó de jazz y, entonces, irrumpió —es un decir— la voz de una mujer entonando Naranjo en flor, uno de mis tangos preferidos. ´Era más blanda que el agua, que el agua blanda, era más fresca que el río, naranjo en flor. Y en esa calle de estío, calle perdida, dejó un pedazo de vida y se marchó…´, casi susurraba ella mientras yo me acordé de la versión del Polaco Goyeneche, qué contraste, o la más cercana de Juan Carlos Baglietto, más tensa. ´Después… ¿qué importa el después? Toda mi vida es el ayer / que me detiene en el pasado, eterna y vieja juventud / que me ha dejado acobardado / como un pájaro sin luz´.

http://www.goear.com/listen/ff86bcb/naranjo-en-flor-liliana-herrero

Ella era Liliana Herrero. Me lo dijo un experto en novelas policiales, cómics y teoría política, un santafecino irremediablemente hincha de Colón. Fernando Jaime me avisó que esa voz era de Liliana Herrero: ´¿Qué le habrán hecho mis manos? ¿Qué le habrán hecho / para dejarme en el pecho / tanto dolor? Dolor de vieja arboleda, canción de esquina/con un pedazo de vida, naranjo en flor´. Entonces volví de Buenos Aires con varios discos de Liliana Herrero, ya sin jazzear tangos sino interpretando a Eduardo Falú o Violeta Parra. Y la senté en mi podio de ´voces desgarradas´ a lado de Chavela Vargas, Lhasa, Martirio, Tania Libertad y Eugenia León tratando de convencer a mis amigos que ese descubrimiento era fundamental. No sé para qué, pero fundamental.

Pasadas muchas lunas, otro amigo, un sociólogo que compone versos y apuesta a la sociedad civil mientras salta con la barra de River Plate en todos los estadios, me envía un afiche anunciando la presentación, en diciembre del 2005, del último álbum de Liliana Herrero: ´Litoral´, aunque no es una alusión a nuestro mar cautivo. Rodrigo Daskal, a quien varias veces nombro, me envía esos y otros discos y yo lamento no estar en Buenos Aires en ese evento porque no debo/puedo desperdiciar mi voto, puesto que hay que resolver muchos entuertos con las elecciones de diciembre. Y ya saben todos lo que pasó y cada voto era un importante granito de arena.

Transcurrieron ocho meses y vuelvo a caminar por las calles de Buenos Aires, mientras mascullo mis ideas para hablar sobre ´lo viejo y lo nuevo en la política latinoamericana´. Los amigos me preguntan sobre Evo y Bolivia, convertidos en temas obligados de conversación y de análisis. Les intriga la novedad y descubren lo que para nosotros es rutina. El desdén por la región andina y, en particular, por nuestro país era fruto también de una mirada puesta en Europa. Hoy miran la región por este giro a la izquierda —o momento de inflexión, sin rumbo preestablecido— y el gobierno del MAS concita su atención. La mía, mi atención, tiene otro horizonte porque, suerte la mía, esta noche de viernes, ella —Liliana Herrero— canta en Buenos Aires. Y yo, simplemente, estoy esperando.

Dos orillas

(Publicado en La Razón, mayo de 2006)

Esta mención a las orillas no tiene nada que ver con esos bordes que frecuentamos después de cada espiral de conflictividad social y política que nos convierte, como sociedad, en una caricatura de Sísifo. No. Dos Orillas fue el título del concierto que congregó a Liliana Herrero y Teresa Parodi en un teatro de Buenos Aires hace unas cuantas noches. ¿Y quiénes son? se pregunta el lector con justa razón. Porque es como si en un diario argentino alguien relatara un concierto de Matilde Casazola y Zulma Yugar realizado en un teatro de Sucre. Y es por eso que escribo estas líneas; para reflejar en un espejo otras voces, otros rostros, otras músicas. Cansado, como estoy, de nuestra manía de mirarnos el ombligo.

http://www.youtube.com/watch?v=U1YwZKYyvOE (Confesiones del viento)

A la pregunta inevitable, la respuesta precisa. Teresa Parodi es una suerte de reina del chamamé y es de Corrientes. Liliana Herrero es una soberana que (nos) gobierna con su voz y en su último disco canta al Litoral. La Parodi es compositora de hermosas canciones y Liliana es filósofa y filosa con su canto entrecortado. “Dos mujeres, dos modos, sin superposición ni analogía, anuncian un encuentro y una inquietud. Unidas por el mismo lazo de la historia, ofrecen una circunstancia común para dos formas de moldear una memoria cultural”, decía el folleto que anunciaba el evento y uno pensaba, al margen de la música, en la importancia de evitar las superposiciones y dejar de lado las analogías. Pero no estamos para metáforas nacionalistas, me dije, y me sumergí en la música… esa  “que nos llama -sigue el folleto- a través de lo que el tiempo, una ciudad y un país van haciendo con las canciones y los textos de un país, una ciudad y un tiempo”.

No haré recuento del concierto y su recorrido de autores y compositores que evocaba, entre otros, a Juan Goytisolo y Paco Ibañez, Atahuallpa Yupanqui y Alfredo Zitarrosa, Eduardo Falú y Violeta Parra. Retumba todavía el trueno del dueto exclamando, es un decir, “y arriba quemando el sol”, antes y después de sorprender(nos) con el arribo imprevisto de Mercedes Sosa al escenario para convertir el par en trío y ese lugar en un estallido de alegría que no inmutó a las abuelas de la Plaza de Mayo que estaban sentadas a mi derecha y escuchaban el concierto como recordando.

Yo recordaba que vi a Mercedes Sosa casi treinta años atrás en el coliseo de la Coronilla en Cochabamba y que el tiempo es nada mientras festejaba la suerte de Rodrigo Daskal, Delfina, Luca y sus amigas que pueden compartir estos encuentros de Liliana -con el recuerdo de su voz- y con Liliana –cuando esa voz nos conduce a otros universos-. Es que, cuando canta ella, “no se puede volver atrás, porque la vida ya te empuja con un aullido interminable, interminable” y esa canción – Palabras para Julia: http://www.youtube.com/watch?v=raHzTruWEMo – se convierte en el preludio del silencio y la ovación.

Demás está decir que un rato antes Rodrigo me regaló una polera de River con un homenaje a Angel Labruna –el ídolo de mi viejo-, que después de un largo recorrido llegaron a manos de Horacio Gonzáles –pareja de Liliana y director de la Biblioteca Nacional- los discos de Matilde Cazasola, Luzmila Carpio y Gladys Moreno para que ella encuentre algún eco en esas nuestras voces, y que Luca me contó que vio a Evo en París.

:

http://www.youtube.com/watch?v=wlSB2htE0gY (Como un fueguito, Matilde Casazola)

http://www.youtube.com/watch?v=oiEwAx5PYkE (Quyllur, Luzmila Carpio)

http://www.youtube.com/watch?v=CMYKsJVyPmE (Soledad, por Gladys Moreno)

(Y hoy, 24 de enero de 2013, termino de revisar estas líneas en un café de… París, qué cosa, no?)

 

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