DE PELICULA

Tengo la mala costumbre de recopilar fragmentos de películas extranjeras en las que se nombra a Bolivia como una alegoría acerca de lo recóndito, inverosímil y raro. En la producción cinematográfica internacional, nuestro país no es un ejemplo para imitar, más bien se trata de un sino que debe esquivarse. Casi un estigma. Esa percepción se manifiesta en varias películas. Durante el año pasado se estrenaron dos películas que tienen esa huella: Quiero matar a mi jefe (Horrible bosses, USA 2011), con Jennifer Aniston, Kevin Spacey y Colin Farrell y Sin destino (Blackthorn, España 2011), dirigida por Mateo Gil y que obtuvo varios premios Goya. En ese filme destaca un talento cochabambino, Luis Bredow, fiel a su calidad interpretativa.

La primera película que me provocó esa sensación de Bolivia como frontera entre lo real y lo irreal fue Dos hombres y un destino (Butch Cassidy and the Sundance Kid, USA 1969), protagonizada por Robert Redford y Paul Neuman, que cuenta la historia de un célebre par de asaltantes de bancos que, a principios del siglo pasado, huyen del norte al sur de América y cuando descienden de un tren y pisan estiércol, Butch Cassidy exclama: “Oh, shit, llegamos a Bolivia”. Esta película fue galardonada con varios premios Oscar, lo que no evitó que sea censurada por la dictadura banzerista en una mala muestra de nacionalismo retrógrada, porque esos bandoleros fueron abatidos por el ejército boliviano en una de las pocas victorias latinoamericanas contra los yankees en el cine western, spaghetti o no. Vi esa película en la ciudad de México en 1980 y desde entonces me intrigó ese tipo de alusiones a Bolivia.

Precisamente Sin destino muestra otra versión de la historia de Butch Cassidy porque sobrevive al ataque del ejército boliviano y se queda a vivir en un campamento minero. El gringo (ex)bandolero, con Sam Shepard en el papel de rudo vaquero que se transforma en un sosegado veterano, ayuda a los proletarios mineros bolivianos en su lucha contra un español estafador. Antes de ser capturado, el estafador decide fumar como si se tratara del último deseo del condenado al cadalso, sin embargo el viento del altiplano andino apaga el fósforo antes de que pueda prender su cigarro. El forajido, entonces, exclama: “Bolivia… dammit (maldita sea), esto es Bolivia”. Por cierto, se trata de un perdedor.

Bolivia es un país minero, conocido por la plata de la época colonial y el estaño de la segunda guerra mundial, y también es un país con turbulencia política, por los coup d’etat y revoluciones populares que marcan su historia; en los últimos años por las luchas campesinas e indígenas y la presidencia de Evo Morales, dirigente de los sindicatos de productores de hoja de coca. Un documental argentino realizado por Alejandro Landes, Cocalero (2007), retrata los avatares de su trayectoria política y su victoria electoral en diciembre de 2005.

No obstante, la política boliviana fue motivo de alusiones en varias películas como ejemplo de lo curioso  e indeseable.

En Colores Primarios  (Primary Colors, USA 1998) dirigida por Mike Nichols, un estupendoJohn Travolta personifica a Bill Clinton cuya imagen está de caída en las encuestas debido a sus escándalos amorosos y su grupo de asesores olfatea una derrota electoral por los desaciertos del candidato demócrata. Para explicar el porqué de la magra campaña uno de los personajes vierte una reflexión cuasi antropológica: “Somos como un grupo de sobrevivientes de un accidente aéreo ocurrido en algún lugar de los Andes que encuentra una sociedad con una cultura exótica donde la única preocupación de la gente es la política”. Ni más, ni menos.

En una película dirigida por Sidney Lumet, El precio del poder (Power, USA 1986), Richard Gere es un importante consultor político que asesora a un candidato y quiere convencer a  su cliente que la única manera de dar un golpe de timón en su campaña es presentarse al electorado sin poses demagógicas. Su argumento es impecable y tiene respaldo empírico: “Es la única manera de recuperar la confianza de la gente en los políticos y evitar que se incremente la abstención, caso contrario, estaremos en la misma situación que Bolivia”. Tal cual. Y no interesa la inexactitud histórica (porque la abstención no es costumbre boliviana y es suficiente recordar que la actual Constitución Política fue aprobada en referendo popular con 90% de asistencia a las urnas) sino la reafirmación de esa curiosa imagen sobre el país en el mundo del celuloide.

Algo análogo acontece en Un golpe maestro (The Score, USA 2001) de Frank Oz, una película inolvidable porque fue la última actuación de Marlon Brando, ene esta ocasión como  socio de Robert de Niro, un ladrón retirado que debe ayudar  a su amigo a perpetrar el último robo de su vida. En una típica escena de desconfianza entre ladrones, Brando y de Niro discuten; entonces, uno de ellos afirma: “No podrás escapar de nosotros, ni siquiera ocultándote en Bolivia”. Así es la cosa, el último rincón del olvido (a la Jaime Saenz).

Precisamente, ese desdén se manifiesta en Quiero matar a mi jefe, cuando un buen empleado explica a su nuevo jefe -un malvado-, que la empresa invierte cierta suma de dinero en el tratamiento ecológico de productos químicos como parte de su responsabilidad social y recibe como respuesta una orden de mal gusto: “Ese gasto es un dispendio, hay que mandar esos desechos a otro país; los bolivianos aceptarán esa basura tóxica por un tercio de esa suma y qué nos importa si unos cuantos indios se enferman”. Ese jefe, por suerte, es otro perdedor. Un cretino.

Otros actores famosos interpretan personajes que visitan Bolivia con temáticas vinculadas al crimen y la violencia. Así acontece con Al Pacino que personifica al  histriónico Tony Montana en El precio del poder  (Scarface, USA 1983, bajo la dirección de Brian de Palma) y que suelta una frase inquietante: “Yo siempre digo la verdad, incluso cuando miento digo la verdad” y hace tratos con el “rey de la cocaína” local. O el caso de Nicolas Cage como Yuri Orlov, un ruso traficante de armas conocido como el Señor de la Guerra (Lord od War, USA 2005), que decide realizar una operación final y para tal fin busca a su hermano menor Vitaly, atrapado en el consumo de drogas y perdido en algún rincón del planeta, y lo encuentra en una casucha semi tropical adónde el mercenario ruso llega en…  micro!

En nada se parecen al personaje pesimista e irónico que Woody Allen (auto)interpreta en su célebre Manhattan (USA 1979)y que para conquistar a Diane Keaton sugiere que podrían adoptar un niño huérfano… boliviano!.

No todo es negativo, porque nuestro país es referencia para situar algunas victorias, no obstante son eventos que ocurren de manera curiosa. Nada más ni nada menos que James Bond, en Quantum of solace (USA 2008), visita el altiplano boliviano para  desarticular la conspiración de una entidad supuestamente ecologista que pretende controlar el reservorio de agua más grande del planeta en componenda con un militar corrupto. El agente 007 desarticula ese complot, salva el planeta y, también, a las comunidades indígenas; con la ayuda de una hermosa actriz ucraniana que más parece figurita de caporal con gestos típicos de una valerosa cochabambina.

Empero, Bolivia no solamente aparece cuando se trata de salvar al planeta, también si está en juego el mismísimo control del universo. Esa es la trama de Transformers (USA 2007), una cinta producida por Steven Spielberg que cuenta la lucha entre Autobots y Decepticons, unos guerreros alienígenas que aterrizan en el planeta Tierra. En la primera escena Sam Spike, el héroe que enfrentará a los  malvados Decepticons, está comprando un automóvil amarillo a un vendedor que se llama Bobby Bolivia, cuyo taller mecánico tiene ese exótico apellido. Ese automóvil es, en realidad, el salvador Autobot Bumblebee y en el taller Bolivia empieza la saga de los enfrentamientos intergalácticos que evitan la destrucción del universo y sus alrededores. Así de simple.

Entonces, no es cuestión de “lamento boliviano”. Es mejor divertirse con la perplejidad de los cineastas foráneos que sitúan a Bolivia muy cerca de un agujero negro, esa “región finita” que absorbe todo y nada deja escapar. Por ese motivo no tiene sentido adoptar una pose de falsa indignación, es mejor reírse. Por eso, cuando veo esas películas extranjeras recuerdo una canción de Alfredo Domínguez, cuyo título no recuerdo, en cuyas letras deambula el alma de un personaje que es rechazado por dios y por el diablo. Sin saber dónde caer muerto (literalmente) enfrenta sus avatares y sus alegrías y se va entonando un estribillo que es un homenaje a nuestro estilo nacional popular…”Mejor me voy a Bolivia que es mi cielo, mi infierno y mi purgatorio”.

http://www.youtube.com/watch?v=J424m5xYnrQ

http://www.youtube.com/watch?v=yVE5KIxfmBA

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Un pensamiento en “DE PELICULA

  1. me encanto este articulo, a mi también me intrigaba el papel de Bolivia en el cine -el de mas alcance el cine gringo – y en cuantas peliculas habia sido mensionada, pero algo es cierto cada extranjero que viene se enamora del país y no cualquiera puede ser boliviano
    me gusto mucho leerlo
    Bolivia […] es mi cielo, mi infierno y mi purgatorio

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