SER O NO SER… ¿ES LA CUESTIÓN NACIONAL?

Ayer nomás, una declaración, pero el debate es de todos los días, por culpa del Censo Nacional de Población y Vivienda 2012. Y se trata del mestizaje, de los indígenas, de la nación como comunidad y del Estado  Plurinacional. Casi nada. Se me ocurrió desempolvar algunos textos para conversar. Una ocurrencia que surgió después de leer esta declaración de Álvaro García Linera, vicepresidente del Estado Plurinacional de Bolivia, a propósito de una pregunta del Censo: “Como boliviano y boliviana, pertenece a alguna nación o pueblo indígena originario campesino o afroboliviano?”.

García Linera: todos somos mestizos, es una verdad de Perogrullo

El vicepresidente y presidente Nato de la Asamblea Legislativa Plurinacional de Bolivia, Álvaro García Linera, explicó el sábado que el debate sobre el mestizaje de la población de Bolivia no contribuye a la planificación de los objetivos cruciales de Bolivia, al referirse al censo, que tendrá espacio el 21 de noviembre, cuya meta es potenciar el desarrollo del país andino amazónico en la perspectiva el bicentenarios 2025. “No se imaginen a la cultura como una piedra congelada, en ese sentido todos somos mestizos, nadie puede decir yo soy auténticamente originario, pero la nación no es que haya nacido de una sola raíz y se mantenga hasta ahora sin vínculo autárquico. Todo el mundo es mestizo, es una verdad de Perogrullo, decir eso no ayuda para planificar”. La Razón Digital / ABI / La Paz.  16:41 / 27 de octubre de 2012

Es bueno saber que el inventor de la palabra perogrullada fue Francisco de Quevedo. En Los sueños (1622) describe a un personaje conocido como Pero Grullo, que ofrece profecías extremadamente evidentes a las que Quevedo perogrulladas, tales como:”cuatro huevos son dos pares”, “la mano cerrada se puede llamar puño”, “cuando no se tiene frío, es que se ha entrado en calor”. Cosas así. Espero que las siguientes palabras publicadas en el transcurso de este año a propósito de los temas e cuestión no sean perogrulladas y tengan algo de quevedismo. Así sea.

¿Debates insulsos?

Hace diez años critiqué la pregunta del Censo respecto a la auto identificación reivindicando la inclusión de la opción “mestizo” en las respuestas ya que, caso contrario, mi opción era NoTeEntiendo, algo peor que “ninguno”. Ese término lo encontré en la novela Danubio de Claudio Magris. El NoTeEndiendo es una de las viñetas de Las Castas, una serie de figuras que dan cuenta de los juegos del amor y las estirpes que resultan de las mezclas provocadas por la pasión en la época colonial. Cada viñeta contiene tres figuras: un hombre y una mujer, cuyas sangres diferentes exigen imperiosamente unirse, y un niño nacido de su encuentro. En la siguiente viñeta, el niño es un adulto que se junta con otra mujer y de ese vínculo nace otro hijo que continúa la cadena. Las nominaciones son deslumbrantes: “el Mestizo, hijo del Español y de la India, el Castizo, su hijo, el Mulato al que una Española regala un adornado Morisco y así sucesivamente hasta el Chino, el Lobo, el Jíbaro hijo del Lobo y de la China, el Albarazado hijo de la Mulata y del Jíbaro y padre de un Cambujo, padre a su vez de un Zambaigo. La tabla aspiraría a clasificar y diferenciar rigurosamente –incluso mediante la vestimenta- las castas, sociales y raciales, pero acaba por exaltar involuntariamente el juego caprichoso y rebelde de eros, el gran destructor de cualquier jerarquía social cerrada… En la penúltima viñeta, el fruto de los amores del Tente En El Aire y de la Muleta deja perplejo el talento nomenclatorio del anónimo clasificador que, en efecto, lo define como No Te Entiendo”.  Unos años después encontré un texto que completa esta clasificación con el Torna Atrás, que proviene de la mezcla entre el No Te Entiendo y la India. Desde entonces, la duda perturba mis reflexiones y búsquedas identitarias.

Han transcurrido muchos años y cambiado realidades y percepciones, pero retornó el debate sobre la famosa pregunta del Censo y porqué mestizo sí, y porqué no. Y así como cambian las identidades, cambiaron las posiciones de los sujetos. Quienes antes rechazaban el mestizaje por asemejarse a lo cholo (¡horror, qué arribismo!), ahora lo reivindican frente al indianismo (gubernamental o no). Quienes desde las esferas estatales (o no) rechazan el mestizaje (nacionalismo !horror!) lo hacen desde una postura indianista más cercana al esencialismo que a esa noción vaga de “lo plurinacional” que, en buena onda, debería rescatar la propuesta de Amartya Sen sobre la necesidad de reconocer que tenemos una identidad plural como sustento para construir armonía sin negar diferencias.

Precisamente, más que con esos incesantes juegos  de articulación/desarticulación  identitaria, lo plurinacional tiene que ver con el reconocimiento de derechos colectivos a las naciones y pueblos indígena originario campesinos. En esa medida, es necesario conocer la cantidad y distribución territorial de los conciudadanos bolivianos que se autoidentifican como indígenas para el diseño de políticas públicas que permitan reducir las enormes brechas de desigualdad social. Ese es el tema que interesa en torno al Censo, no el tema existencial. Si se quiere discutir “quiénes somos” como parte de una comunidad política debatamos sobre ciudadanía. Si se quiere polemizar sobre “quiénes somos” en relación a una “otredad” circunstancial, este debate tendrá que contener una lista interminable que, en la llajta, incluiría la de k’ochala, reivindicada por jóvenes jailones para distinguirse  de cambas y collas.  Hay que insistir nomás en la obviedad sociológica que dice que las identidades son relacionales, algo así como “dime con quién andas y te diré quién eres”.  Por eso, si se trata de identidades congeladas e irreductibles, la única que asimilo con relativo fanatismo es la de “aurorista”… porque dura los noventa minutos de un partido de fútbol. Publicado en La Razón, abril de 2012

Estado y pueblos indígenas, pasado y presente: ¿la “deconstrucción” del movimiento indígena? 

Las relaciones entre el Estado y los pueblos indígenas se han modificado de manera sustantiva en el transcurso de la segunda gestión gubernamental de Evo Morales. Empero, no se trata  –solamente– de que se han producido mutaciones en ese vínculo sino que, a mi juicio, está en cuestión la existencia/presencia del “movimiento indígena” como actor estratégico, por lo menos tal como era interpelado en el pasado reciente por el discurso gubernamental. [Por eso utilizo comillas para referirme al movimiento indígena, para resaltar el hecho de que se trata(ba) de un sujeto/actor construido/constituido discursivamente].  Y no me refiero a que se trata de una “traición” del MAS, la razón que impulsa a ciertos sectores de izquierda a demandar una “reconducción del proceso de cambio”. Tampoco tiene que ver con la falta de “consecuencia” en la implementación del proyecto masista que, ahora, es denostado por la oposición de derecha porque no es “indigenista”, cuando en el pasado ese era el leit motiv de su rechazo al modelo de Estado Plurinacional. Mi mirada asume otra perspectiva porque prescinde del debate coyuntural y de la evaluación de la pugna política y se sitúa en una postura que presta atención a los acontecimientos como eslabones y fisuras de un proceso cuyo decurso es incierto.

Estas notas simplemente intentan esbozar algunas pautas de reflexión y proporcionar ciertas pistas metodológicas para realizar un abordaje distinto a un objeto de análisis que exige hipótesis poco convencionales y que demanda indagaciones complementarias para confirmar su impertinencia. Estas líneas son pautas preliminares para trazar una ruta investigativa acerca de las transformaciones en las relaciones entre el (nuevo) Estado y los indígenas (pueblos, organizaciones, dirigentes, identidades) para reflexionar en torno a lo que defino, preliminarmente, como la “deconstrucción” del movimiento indígena. Mi análisis presta atención a las modificaciones discursivas e institucionales en curso desde enero de 2009 que están provocando  –o tienden a provocar– la  “deconstrucción” del movimiento indígena como sujeto político que fue convocado como sustrato del nuevo proyecto estatal. Y utilizo esa palabra y esas comillas para denotar la complejidad del hecho político.  Para estos fines, entiendo “deconstruir” como deshacer, desarticular, desarmar o desmontar un hecho sociopolítico –en este caso, una coalición de organizaciones indígenas articuladas en un sujeto político denominado movimiento indígena– para establecer su configuración y composición en determinados momentos y tomando en cuenta la trama de sus relaciones. No obstante, la deconstrucción no se limita a una operación analítica, también es una acción política: el discurso del poder (del Estado) también deconstruye (sujetos) para ejercer su autoridad, para implementar políticas públicas, en suma, para “gobernar con gobernabilidad”. En este caso, para implementar el Estado Plurinacional.

Para mostrar cómo se despliega la “desconstrucción” del movimiento indígena nos limitamos, por ahora, a utilizar como ejemplo el desenlace de la IX marcha en torno al TIPNIS.  Es un ejemplo ilustrativo que marca el inicio de una nueva fase en las relaciones del Estado (a secas) con los pueblos indígenas. Veamos. La Asamblea Legislativa Plurinacional aprobó una ley para convocar a la realización de la consulta previa en el TIPNIS. El Tribunal Constitucional Plurinacional estableció que la legalidad y legitimidad de esa norma (o sea, su constitucionalidad) dependía y depende de una concertación “previa” entre el gobierno y los pueblos indígenas de ese territorio. El gobierno definió que las negociaciones para la concertación serían realizadas con los representantes de los pueblos indígenas del TIPNIS y no con los dirigentes de la marcha ni con los de su organización matriz (CIDOB) porque la consulta está circunscrita a los habitantes originarios de ese territorio. Por eso, en pleno desarrollo del conflicto, el gobierno propició un acuerdo con una mayoría (afín) de los corregidores del TIPNIS, en un intento de mayor desagregación de sus interlocutores. El plural no es casual porque mientras el gobierno apostaba a circunscribir el conflicto a determinados pueblos  indígenas, los marchistas actuaban bajo la lógica de movimiento indígena unificado utilizando el método sindical cobista del pliego de reivindicaciones; y pliego, en esa (sub)cultura política, no remite a “papel” sino a una articulación de múltiples actores a través de la agregación de sus demandas.

La IX Marcha Indígena Originaria (los términos no son casuales, lo veremos más adelante) fue convocada por la Confederación de Pueblos Indígenas de Bolivia (CIDOB) y apoyada por la Confederación Nacional de Markas y Ayllus del Qollasuyo (CONAMAQ) y su Plataforma de Demandas tuvo como título: “Por la defensa de la vida y dignidad, los territorios indígenas, los recursos naturales, la biodiversidad, el medio ambiente y las áreas protegidas, el cumplimiento de la CPE y respeto de la democracia”. Es decir, el conjunto de demandas excedía el cuestionamiento a la construcción de la carretera por el centro del TIPNIS, tema que fue planteado en el primero de nueve puntos. Los otros puntos se referían, aparte de varias reivindicaciones específicas que involucran a diversos pueblos de tierras altas y bajas, a la política hidrocarburífera y energética, la representación directa de las naciones y pueblos indígenas originarios en todos los niveles de gobierno y órganos del Estado, la titulación inmediata de todos los procesos de saneamiento de tierras comunitarias de origen, la participación directa de las naciones y pueblos indígenas originarios en los beneficios y ganancias de proyectos extractivos en minería e hidrocarburos. También demandaba la modificación de las leyes del Régimen Electoral, Tribunal Constitucional, Tribunal Agroambiental y Deslinde Jurisdiccional y la Ley Marco de Autonomías y Descentralización, así como la concertación de una agenda nacional para la “reconducción del proceso de construcción e implementación del Estado Plurinacional Comunitario”. El pliego de la CIDOB expresa, pues, una lógica discursiva que interpela al Estado desde una postura de “movimiento indígena” porque intenta condensar una pluralidad de demandas  que denotan un proyecto histórico o, más bien, plantean una reinterpretación de sentido del “proceso de construcción e implementación del Estado Plurinacional Comunitario” a partir de la centralidad indígena. No es casual que en su formulación aparezca la noción de (Estado Plurinacional) Comunitario, un término que está  “invisibilizado” en la retórica gubernamental y no aparece, por ejemplo, en los emblemas y símbolos del nuevo Estado; tampoco en las monedas, por cierto.

Así, mientras el Estado a través de sus distintos Órganos (y no es consecuencia del predominio del MAS en los espacios de poder, se trata de una operación típica de “razón de Estado”) rechazaba o negaba la existencia de un interlocutor y dividía la agenda (en dos) para reconocer distintos interlocutores, la CIDOB (y su aliada CONAMAQ) se proclamaba como representante de los pueblos del TIPNIS y de las “naciones y pueblos indígena originario (pero no de los) campesinos” (NPIOC).  Precisamente, en esta denominación (NPIOC) está una pista explicativa de la “deconstrucción” del movimiento indígena y tiene que ver con la nueva institucionalidad vigente desde la promulgación de la CPE, entendiendo que las instituciones implican órganos estatales, leyes y derechos. Precisamente, la ampliación del sistema de derechos con el reconocimiento de derechos colectivos implicó la creación (discursiva) de un nuevo sujeto jurídico: “naciones y pueblos indígena originarios campesinos” (NPIOC) como resultado de una alianza política en el seno de la Asamblea Constituyente entre CIDOB, CONAMAQ y las organizaciones sindicales de trabajadores campesinos (CSUTCB), mujeres campesinas (las “Bartolinas”) y campesinos colonizadores (CSCB) que se conoció como Pacto de Unidad. En el proceso constituyente, la cara campesina del Pacto de Unidad se subordinó a la identidad indígena y el proyecto oficialista de CPE, si bien mitigó su impronta indigenista porque la versión original del Pacto de Unidad proclamaba la “autodeterminación  de las naciones indígenas”,  terminó adoptando el modelo de Estado Plurinacional Comunitario como expresión del predominio discursivo de lo indígena. Sin embargo, el sujeto plurinacional (NPIOC) fue una invención discursiva (pacto entre Naciones Originarias de tierras altas, Pueblos Indígenas de tierras bajas, Campesinos y colonizadores post-52) que derivó en una ficción normativa (NPIOC) puesto que solamente el Estado Plurinacional tiene la prerrogativa de representar a ese sujeto plurinacional.

Números de Nueva CrónicaNúmeros de Nueva CrónicaNúmeros de Nueva Crónica

En la medida que las unidades constitutivas de ese sujeto colectivo son pueblos indígenas y sus derechos son “territoriales”, estos requieren el reconocimiento del Estado y el establecimiento de acuerdos con el Estado de manera particular, desagregada, específica. Precisamente, la consulta previa es una institución que regula ese lazo, que expresa/resguarda  los derechos colectivos de un pueblo (o varios) en su territorio. Entonces, se ha fracturado o disuelto el Pacto de Unidad, puesto que ya no existe esa coalición de actores sociales (NPIOC) que funcionó entre 2005-2009 bajo la égida del movimiento indígena, y una expresión de esa ruptura (ya lo mencionamos líneas arriba) es la definición de la IX marcha como “Marcha Indígena Originaria”. Otra mutación proviene de la implementación de la CPE y de la construcción del Estado Plurinacional (a secas) que enfrenta al dilema de ejercer su soberanía en el territorio nacional o limitar su autoridad ante la vigencia de los derechos colectivos. En todo caso, este dilema se dilucidará de manera particular o  “casuística” con cada pueblo indígena (algunas veces con comunidades) y el gobierno ya no definirá la orientación de su proyecto estatal con el “movimiento indígena” porque su eficacia  –o su existencia como tal– está en cuestión. Con estos argumentos es posible interpretar de otra manera una declaración de Fernando Vargas, presidente de la Subcentral del TIPNIS y uno de los líderes de la marcha indígena: “Defendemos nuestros territorios porque sino desaparecemos, luchamos por nuestras vidas, no queremos tumbarlo al presidente Evo Morales, sólo exigimos el respeto a nuestros derechos y territorios”. En este mensaje, lo plurinacional es desplazado por lo plural, aunque el nosotros (“defendemos”, “exigimos”, “nuestros derechos y territorios) sigue denotando la idea de un sujeto indígena, de un movimiento… que ya no interpela con eficacia a sus aliados en funciones de gobierno.  Por eso sugiero que estamos ante un “punto de inflexión” (para recuperar la noción utilizada por Fernando Calderón) en las relaciones entre los pueblos indígenas y el Estado y las pistas conducen a un proceso de “deconstrucción” del movimiento indígena debido –esa es la paradoja –a las exigencias de construcción del Estado… Plurinacional. Publicado en Nueva Crónica y Buen Gobierno, 108, agosto de 2012.  http://institutoprisma.org/joomla/images/NC/nueva%20cronica%20108.pdf

Imagi/nación

Empiezan los serios desafíos para el gobierno del MAS, porque se multiplican los dilemas y debe discernir entre lo mágico y lo mundano, entre Alasita y el Gran Poder, entre el Vivir Bien y la Realpolitik. No había sido fácil recorrer la distancia entre el preámbulo de la Constitución Política y las leyes que aplican sus preceptos. Menos sencillo —todo lo contrario— es conciliar demandas y derechos, posibilidades y recursos, cuando se trata de definir la orientación de las políticas de desarrollo.

Estas políticas también constituyen un desafío para las organizaciones sociales y un dilema para la oposición política, porque deben distinguir entre lo circunstancial y lo estratégico, entre lo pertinente y lo deleznable, entre el interés general y el beneficio propio. No es fácil encontrar un punto de equilibrio en estos trajines: el conflicto en torno al TIPNIS puede ser un modelo, no la excepción. Un politólogo portugués que cada domingo da consejos a la izquierda en forma epistolar hizo creer a algunos colegas y activistas que el proceso posconstituyente boliviano era un caso de “experimentalismo democrático”,  y tenía razón; lamentablemente. Y como no hay ruta de navegación ni mapa que proporcione huellas, aquí estamos, experimentando, buscando nuevas fórmulas de convivencia entre lo nacional-estatal y lo nacional-popular para superar las inercias históricas del desencuentro entre Estado y sociedad.

Con todo, resulta más encomiable intentar esa búsqueda en vez de sumergirse en el típico “lamento boliviano”, y no necesitamos inspirarnos en el fado luso ni en el tango arrabalero, menos en el joropo llanero o la samba carnavalera. Es una búsqueda que debe lidiar con asuntos mundanos relativos a propiciar el desarrollo socioeconómico para resolver rezagos estructurales de desigualdad, cuya existencia debería avergonzarnos; y es una pesquisa que sólo exige aplicar cierto sentido común a la hora de tomar (y aceptar) decisiones, aunque ya sabemos que ese es el menos común de los sentidos.

También es una búsqueda que enfrenta retos más complejos y, por ende, más sustanciales, tales como la edificación de un Estado Plurinacional o el armado de una democracia intercultural que expresen una síntesis cualitativa y no sean, simplemente, la manifestación contemporánea de esa disyunción general entre la sociedad y el Estado. La democracia intercultural es una palabra bonita e interesante que fue pergeñada en las leyes electorales (porque no está consignada en el texto constitucional) y se constituye en un terreno fértil para la reflexión teórica y para la innovación institucional, algo que no acontece con el (concepto de) Estado Plurinacional, por culpa del peso del pasado.

Los límites al Estado Plurinacional se pusieron de manifiesto cuando surgieron las contradicciones entre los derechos colectivos de los pueblos indígenas reconocidos por la Constitución y la soberanía estatal que no tiene genealogía ni necesita justificación; entre la “razón histórica” expresada en la nueva vanguardia que representa el movimiento indígena como sujeto de la revolución deseada y la “razón de estado” que apela al orden y al control sobre poblaciones y territorios como objetos de dominio. Una figura —la revolución— es utópica, la otra es típica —el Estado es…. el Estado—, aunque su nuevo adjetivo (en las monedas dice que es plurinacional) pretenda proporcionarle un carácter distintivo, otro sentido. No hay tal. Por ahora se trata de una construcción minimalista del Estado Plurinacional que no condice con la retórica del Preámbulo ni con el segundo artículo constitucional que pretende designar/diseñar a la sociedad como “plurinacional”. No hay tal, sólo el Estado puede ser plurinacional (y tiene 11 adjetivos adicionales, que no salen en las monedas) y lo que sigue pendiente es la construcción de una comunidad política. Para cumplir ese propósito no necesitamos experimentación sino, simplemente, un poco de imagi/nación. Publicado en La Razón, abril de 2012.

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