¿Quién quiere a Julio Iglesias?

¿QUIEN QUIERE A JULIO IGLESIAS?

Julio Iglesias canta para sátrapas. Ninguna novedad. Fue admirador de Franco y Pinochet. Y si no lo era, debió haberlo sido para estar a la altura de su melodiosa, melosa y odiosa voz. Hace unos días viajó a Guinea Ecuatorial para dar un recital al dictador Teodoro Obiang Nguema pMbasogo; su esposa, Constancia Mangue, y su hijo Teodorín, un cantante fracasado pero con éxito en los negocios turbios. Los negocios le gustan a Julio. Por eso declaró : “No me han pagado por detrás ni de forma rara”, ante las críticas de Human Right Wacht  y EG Justice que le habían pedido que desista de ese viaje. Se fue con su canto pero no a otra parte. Tal vez por eso sonríe la familia Obiang Bang en la foto publicada en El País.

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Partiendo de la idea de que existen consecuencias no deseadas de una acción, esperemos que este evento artístico provoque una crisis política en Guinea Ecuatorial y la caída del dictador de nombre melódico. Por lo menos para mitigar, indirectamente, el inmenso daño que Julio Iglesias ha cometido contra la música. Este lamentable suceso me hizo recordar que publiqué unos textos con sutiles anatemas en contra de este cantante. Textos que fueron criticados por algunos fans, la mayoría varones, en una demostración de que -en asuntos de género musical-, las mujeres son mejores!

(2006). Una frase célebre de la Madre Teresa de Calcuta me vino a la mente cuando, perplejo, leí la terrible noticia: Julio Iglesias declaró que sólo dejará de cantar cuando se muera. La mentada frase de la religiosa premiada con el Nobel de la Paz era: “Hay que dar hasta que duela”, refiriéndose, obviamente, a su entrega a los pobres en las peores circunstancias. Y Julio Iglesias, español al fin, sigue ese ejemplo, pero es a nosotros a quienes nos duele y, en este caso, la bondad debiera tener límites. Y me acuerdo que esa frase fue también utilizada por un rudo y fornido defensor central del fútbol argentino que, ante la inquietante pregunta acerca de sus temerarias patadas cuando el delantero rival lo gambeteaba, soltó— suelto de cuerpo— aquello de que “hay que dar hasta que duela”.

Se preguntará el lector a qué le viene esta mención futbolera si estamos hablando de música, pues bien, a que si no hubiera sido la infeliz puntería de un jugador merengue que propinó un puntapié a Julio Iglesias, por entonces una promesa de arquero en el Real Madrid, el tal JI no habría colgado los cachos por una lesión. Así, el mundo perdió un guardameta mediocre y ganó un esperpento de voz que nos azota desde hace varias décadas. Y en su haber tiene varios crímenes de lesa humanidad: perpetró esas versiones melifluas de las recias canciones de José Alfredo Jiménez, atentó contra el tango en un álbum que resulta una masacre colectiva, realizó esa afrenta al ballenato cuando nos secó La gota fría rodeado de mujeres bellas pero seguramente sordas y ni hablar del derroche de bilis que provocó su adaptación parapléjica de Derroche de Juan Luis Guerra y que en manos de Ana Belén y Víctor Manuel logró sobrevivir a ese escarnio. Podría seguir elaborando una lista interminable de oprobios porque el tipo fue prolífico y, para desgracia nuestra, amenaza con seguir cometiendo transgresiones a la estética.

Ante estas circunstancias resulta anacrónico nuestro método de resistencia de típica minoría: boicotear aquellos boliches que ponen discos de JI en una suerte de interdicción musical; pedir que apaguen el aparato si al entrar en un restaurante JI suena en cuatro esquinas so pretexto de la gastritis; clavar alfileres en la garganta de JI en todo afiche que cuelgue en las vitrinas de esperando algún efecto vudú; tener siempre a mano el control remoto por si JI asoma en la pantalla porque puede explotar —no el televisor sino el hígado, etc.—. Cambiar de método porque la mayoría manda y JI tiene asegurados los dos tercios en la audiencia nacional que, me imagino, corresponde a ese delirante resultado de la encuesta publicada el domingo pasado en este diario que descubre que la mayoría de los bolivianos y bolivianos ´somos felices´. Cuando leí la noticia me pregunté: ¿Es posible que eso suceda pese a que escuchan fervientemente los discos de JI? Si es así, es admirable el optimismo del inconsciente colectivo. Y si no podemos evitar esa mala costumbre sólo nos resta esperar la feliz ocurrencia de un accidente que se lleve al personaje en cuestión al limbo de la contemplación o pedirle, mediante voto resolutivo, que deje de cantar… hasta las últimas consecuencias.

(2007) Desdramatizar implica y exige relativizar los hechos, abrir las puertas para ir a jugar, no creer en los horóscopos mediáticos ni lunáticos; respirar hondo y apagar el pucho. Y sobre todo, aprender de los chinos y de las chinas (ojo, es una pose genérica y políticamente correcta) que nos enseñaron a través de la palabra de un historiador que necesitamos rumiar el tiempo transcurrido para valorar los hechos en su dimensión real. Ese historiador que dijo: “No puedo opinar sobre el cristianismo porque es un fenómeno reciente”, para sugerir que los cambios importantes son imperceptibles y necesitamos perspectiva para juzgarlos. Y eso ayuda a desdramatizar, permite reducir la angustia, mitigar la incertidumbre e inclusive prevenir la úlcera. Hay que desdramatizar, esa es la consigna, y no escuchar a Julio Iglesias ni comer trancapecho en Cochabamba cuando cae la noche.

(2011) Hace varios años que, en estas épocas, me dedico a hacer recuento de daños. Esta vez no. Ahora se me ocurrió que, en el balance anual, los réditos deben desplazar a los números rojos. Y nótese el imperceptible juego intercultural de palabras (red-rojo), un mix como polera con sello The Beatles en pechito de viceministro descolonizador; porque se trata de eso, de salirse de las casillas convencionales. Y no escudriño lo positivo del año que se va por un simple afán cochabambino de contradecir a los demás columnistas que ratifican los malos augurios previstos hace 12 meses y ratificados por el inexorable paso del calendario. No. Es más bien un afán complejo. Y como corresponde, destaco hechos sobresalientes en tres típicos tópicos: artístico, político y deportivo.

La noticia artística del año, sin duda, fue el anuncio del retiro de Julio Iglesias de la vida pública. En un acto realizado en Madrid, cuando fue condecorado como el cantante latino que más discos ha vendido en toda la historia con 300 millones de álbumes en 80 “lonpleis” y en 44 años de trayectoria, este personaje anunció que después de ese reconocimiento sólo le quedaba “salirse del escenario”. Enhorabuena. Al fin decidió darnos paz, ya no solamente tregua. Otra vez admitió de manera cínica que tiene una “voz débil”, lo que no fue un óbice para que nos torture durante cuatro décadas perpetrando alevosos atentados contra la música. En una suerte de mea culpa agradeció a “toda la gente que durante tantos años le ha dado su tiempo”, aunque dudo que tenga noción alguna del daño de lesa humanidad que provocó con su garganta de hojalata. No es casual que el movimiento de “indignados” tenga cuna española, estoy convencido de que con un poco de indagación sociológica se encontraría algún lazo causal entre “juliofobia” y protesta contra el sistema capitalista. En fin, en homenaje a su tardía decisión de quedarse en silencio prometo quemar en la noche de Año Nuevo una de esas sillas de mimbre donde solía asentar sus posaderas con esa sonrisita de gil.

(2012) El avión está a punto de levantar vuelo. Una voz anuncia el estado del tiempo y la duración del viaje: 30 minutos. El niño pregunta con curiosidad metafísica: “¿30 minutos es poco o mucho tiempo?”. La madre, pura sabiduría con tono oriental, aclara las dudas de la mejor manera: “es mucho tiempo si estás en misa, y poco tiempo si es una fiesta”, “dura mucho si estás callado, y poco si estás charlando”. Así de claro. Y, entonces, se me vienen a la mente otros contrastes en onda de relativismo: 30 minutos dura un siglo si escuchas a Julio Iglesias y un soplo de vida si canta Chavela Vargas; es insoportable cuando se espera en una esquina, y fugaz en tiempo de despedida. Cosas así.

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Un pensamiento en “¿Quién quiere a Julio Iglesias?

  1. Marcelo Guardia Crespo dice:

    Al fin alguien dijo la verdad sobre tan detestable cantorcillo español. Considero que la peor tortura es el disco de tangos. Un asco.

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