Joan Baez y Bolivia

Estos días se juegan partidos por la eliminatoria mundialista rumbo  a Brasil 2014. Motivo suficiente para que rebroten los ánimos y alientos nacionalistas en el pueblo boliviano y su Estado Plurinacional. Así que me acordé de una interesante historia sobre una película que muestra un concierto de Joan Baez y BB. King en la cárcel de Sin Sing, un blog rockero y una columna periodística que escribí hace siete años, después de escuchar estupefacto una cueca tradicional (aquella que suena estos días en todas partes y que es una suerte de himno nacional-popular en Bolivia) en los labios de Joan y su hermanita.

Les transcribo la página de http://rocko.blogia.com y mi columna. El fragmento de esa película/documental donde aparece Joan Baez se encuentra en Youtube. La película tiene esta portada y se puede adquirir en el mismo sitio, aunque yo la compré en la esquina de mi oficina gracias a la piratería.

El DVD no tiene menú, en el minuto 31:10 entran Joan Baez y Mimi Fariña en escena.

 Apolinar Camacho folk y Joan Baez boliviana

Rocko.blogia.com

El boliviano (Apolinar Camacho) tocó las puertas para nacer en Uyuni, el 5 de enero de 1917, intentó ser músico profesional pero el dinero sólo le alcanzó para tocar un año en el conservatorio. Sabía poco, muy poco de música, lo único que quizás le daba sentido a sus canciones era Dios como él decía “Mis composiciones provienen de lo alto (de Dios) y gracias a que pienso en cada detalle de mi patria: un río, una india, una chola”.

Su piano, una noche solitaria, su Dios y su patria confabularon para que escribiera las melodías más perfectas para la tierra que lo viera nacer. Una cueca nacida en 1939 acompañó a los bolivianos en los momentos más dolorosos y los más alegres, con un letra simple y los acordes de cueca sencillos. “Viva mi patria Bolivia” se hizo el segundo himno boliviano.

Apolinar Camacho, el creador de la cueca, quizás en algún momento se sentó en una noche de tertulia y en plena guitarreada quizás salieron los acordes malamente interpretados, a ritmo de folk norteamericano, de un Blowin in the Wind de Bob Dylano de un We Shall Overcome de Joan Baez, cantados con un inglés forzado. Quizás se identificaba con lo que hacían esos jovenzuelos protestantes, pero quizás nunca pensó que uno de ellos se identificaba con su cueca.

Y llegaron los inicios de los 70; en Bolivia la dictadura se llevaba vidas mientras que Vietnam se dividía en dos y los países poderosos buscaban sus bandos, entre ellos Estados Unidos, donde los estudiantes pacifistas protestaban por la cruel guerra. Fueron los tiempos donde los nombres de Bob Dylan, Joan Baez y Pete Seeger entre otros tomaban protagonismo como cantantes de protesta.

Fue precisamente en ese inicio de los 70, en 1972, donde: B.B. King, gran maestro del blues, y Joan Baez realizan un concierto en la célebre cárcel de Sing Sing, la más pesada de las penitenciarías de Nueva York. Era día de Acción de Gracias, en ese entonces, los artistas recorrían las cárceles en apoyo a los detenidos por oponerse a la guerra de Vietnam. Ese concierto fue registrado por nueve cámaras y algún periódico gringo lo definió como “uno de los mejores shows en la historia de la música”, aunque no se limita a registrar la actuación de los músicos sino que muestra la condición de los presos. (…) Después del canto gospel de unas negras frenéticas que encandilan a los presos, después de eso que transcurre durante media hora aparece en escena —es un decir— Joan Baez con una camisa de blue(s) jean y una chompa con cuello beattle —remember México—abrazada a su guitarra. Les dice a los presos sin dramatismo que lamenta su situación y que la música es para que pasen un buen momento y les ofrece su música. Un negro aspira su cigarro, mientras otros hombres se desparraman en sus asientos como si estuvieran en algún teatro al aire libre. Finaliza la primera interpretación, y Joan Baez invita a su hermana menor, el mismo perfil, similar cabellera y la pura inocencia, abrazada también a su guitarra. Intercambian miradas y empiezan a rasgar sus cuerdas y cantan: Viva mi patria Bolivia, una gran nación, oh, oh, oh, por ella doy mi vida, también mi corazón” (Mayorga, en La Razón)

Es ese instante mágico donde Joan Baez se hace boliviana cantándole a “una gran nación”, en una mezcla a guitarra entre cueca y folk, y en un castellano con acento gringo saca una increíble versión de ¡Viva mi patria Bolivia!, más increíble aun oírla para un pobre mortal que hasta días atrás escribía sobre ella y quedaba encantado con la versión lograda del Blowin in the wind de Bob Dylan. 

Amo a mi patria con toda mi alma, decía Apolinar Camacho y con su modesta cueca enseño a amarla con pasión a algunos otros.

Viva mi patria Bolivia
una gran nación
por ella doy mi vida
también mi corazón.Esta canción que yo canto
la brindo con amor
a mi patria Bolivia
que quiero con pasión.La llevo en mi corazón 
y le doy mi inspiración. 
Quiera a mi patria Bolivia 
como la quiero yo.
Long live my homeland Bolivia
a great nation;
for her I give my life
as well as my heart.This song I sing
I dedicate with love
to my homeland Bolivia
which I passionately love.I bear her in my heart
and give her my inspiration.
May you love my homeland Bolivia
as I love her.

Joan Baez en Sing Sing 

Fernando Mayorga

Era diciembre y la década de los ochenta llegaba a su fin. Estábamos más tristes que nunca porque John Lennon había sido asesinado pero el canto debía continuar y con Mauricio Bayro, pintor cochala y chilango, asistimos a un concierto de Joan Baez en la ciudad de México. Todo transcurría sin sobresaltos y su voz evocaba a Sacco y Vanzetti o al Preso Número 9, cuando de repente ella pidió un minuto de silencio por su —nuestro— hermano John y empezó a cantar Imagine. Esa fue la señal para que uno y luego varios fans dejemos nuestros asientos y empecemos a correr saltando —estábamos en el tercer piso del auditorio, el más barato, como corresponde— hasta terminar trepados en el escenario rodeando a Joan Baez y haciendo coro pluri-multi entonando una y otra y otra canción de The Beatles. Nunca más volví a ver a Joan Baez.

Hasta que la otra tarde, mi caserita de di-vi-di-s, puso en mis manos la tapa de un disco pirata que registra un concierto de B.B. King, gran maestro del blues, y Joan Baez, famosa cantante de música protesta. Un concierto, además, realizado en la célebre cárcel de Sing Sing, la más pesada de las penitenciarías de Nueva York. Era día de Acción de Gracias y corría el año 1972, en ese entonces, los artistas recorrían las cárceles en apoyo a los detenidos por oponerse a la guerra de Vietnam. Ese concierto fue registrado por nueve cámaras y algún periódico gringo lo definió como “uno de los mejores shows en la historia de la música”, aunque no se limita a registrar la actuación de los músicos sino que muestra la condición de los presos. Gran documental, qué duda cabe, y que se transforma en acontecimiento que eriza la piel porque, después de las celdas y los testimonios de los presos, después del arribo de los músicos a la prisión, después que el comedor se transforma en auditorio con bromas y silbidos, después del canto gospel de unas negras frenéticas que encandilan a los presos, después de eso que transcurre durante media hora aparece en escena —es un decir— Joan Baez con una camisa de blue(s) jean y una chompa con cuello beatle —remember México— abrazada a su guitarra. Les dice a los presos sin dramatismo que lamenta su situación y que la música es para que pasen un buen momento y les ofrece su música. Un negro aspira su cigarro, mientras otros hombres se desparraman en sus asientos como si estuvieran en algún teatro al aire libre. Finaliza la primera interpretación, y Joan Baez invita a su hermana menor, el mismo perfil, similar cabellera y la pura inocencia, abrazada también a su guitarra. Intercambian miradas y empiezan a rasgar sus cuerdas y cantan: “Viva mi patria Bolivia, una gran nación, oh, oh, oh, por ella doy mi vida, también mi corazón”. Keasdicho.

¿No sienten, lectores, ganas de salir a la calle y buscar en esos innumerables escaparates que adornan nuestras calles ese DVD? Es parte de The Hoffman Collection, el fondo de la foto donde B.B. King toca la guitarra mientras mira a su saxofonista es de color verde, y vale apenas quince pesitos. Verdad que vale la pena, y no porque sea 23 de marzo y nos sentimos orgullosos y esperanzados —sigo pensando como Horkheimer: “cuando los hombres dejen de desfilar, entonces se cumplirán sus sueños”— sino porque sí. Porque eriza la piel y corta la respiración.

Publicado en La Razón, 24 de marzo 2006

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